El catastrofismo siempre ha tenido partidarios, y es contagioso. Hay científicos, la mayoría, es verdad, preocupados por el cambio climático. Otros, una minoría cualificada, piensan que se está exagerando un poco. Hay ex políticos, como Al Gore, que consiguen el Nobel inflando los datos adversos para que resulten más llamativos. Otros, como Helmut Schmidt, consideran que lo que está recalentado, más que el planeta, es un debate cada vez más histérico. Los políticos en activo creen que se trata de un asunto de izquierdas y derechas. Los más cínicos extrapolan los datos de su conveniencia. Algunos están instalando ya en sus países, y vendiendo en el exterior, con muchísima menor oposición de la que pudieron nunca soñar, prácticamente sin que rechiste la ciudadanía, numerosas centrales nucleares. Esa sí que es una buena paradoja, la que conduce a la energía nuclear desde el ecologismo. Centrales nucleares para evitar el cambio climático.
Si en algo coinciden todos los científicos es en que el clima lleva cambiando desde el principio de los tiempos. A lo largo del siglo XX, el nivel del mar subió 18 centímetros, y para 2100 habrá crecido entre 30 y 50. Son unas previsiones que justifican andarse con cuidado y darle medio metro más de altura a Zorrozaurre, pero tal vez no sean suficientes para irse a vivir a las montañas o ponerse a construir una nueva arca de Noé. A un holandés esa marea le parecerá una broma.





