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Tiempo de crisis
A pesar de las buenas perspectivas con las que empezó el siglo XVIII, sus años finales llegaron marcados por una profunda recesión económica que afectó a todos los sectores
11.05.08 -

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Tiempo de crisis
Bilbao se convirtió a comienzos del siglo XVIII en un centro comercial de primer orden. / EL CORREO
El siglo XVIII fue de oro para el País Vasco. Los principales indicadores económicos alcanzaron niveles tremendamente positivos con respecto a épocas anteriores, lo que hizo pensar a los más optimistas que el futuro que se les presentaba iba a ser magnífico. El eje central de aquella bonanza económica lo ocupó el sector comercial, que obtuvo unas cotas de dinamismo inimaginables hasta ese momento. La burguesía comercial vasca se erigió en verdadera protagonista, no sólo del boom económico del momento, sino de todo el conjunto de relaciones sociales y políticas que se desplegaban en el País Vasco. Este aumento de la influencia del sector mercantil situó a la burguesía como una clase dominante de todo el mercado en su conjunto, lo que les condujo a controlar otras actividades económicas que, hasta ese momento, habían ocupado posiciones marginales con respecto a sus intereses.

Indudablemente, Bilbao fue una de las grandes beneficiadas por la tendencia alcista del sector comercial. La reforma de las Ordenanzas Municipales de 1699, permitió que fueran los mercaderes locales los que, de una manera exclusiva, controlasen toda la actividad comercial. Este 'golpe de suerte' se vio favorecido también por la llegada de los Borbones al trono de España, que fue apoyada de una manera hábil e inteligente por los bilbaínos. El resultado fue fantástico. Bilbao se convirtió en la puerta de entrada, con el beneplácito de la Corona, de los más variados productos. Azúcar, tabaco, cacao, telas y demás artículos de alto interés económico le dieron al mercado bilbaíno un toque de distinción y de exclusividad indiscutible.

Polémica decisión

El liderazgo bilbaíno no estuvo exento de sobresaltos. Sabido era que la tierra llana, la Vizcaya rural liderada por sus notables, no veía con buenos ojos ni el crecimiento egoísta de la Villa ni su descarada soberbia. Las tensiones acumuladas se desataron con motivo del real decreto del 31 de agosto de 1717, que establecía el traslado de las aduanas desde el interior a la costa. Con esta decisión, el rey Felipe V daba un golpe de gracia contra el ordenamiento foral y hacía saltar por los aires esa entente cordial entre Corona y País Vasco de la que tanto se habían beneficiado ambas partes. El levantamiento contra la polémica decisión tomó forma de motín en 1718. El resultado no sólo fue el retorno de las aduanas al interior, sino que supuso la constatación de la enemistad irreconciliable entre Bilbao y la Tierra Llana. El odio era mutuo.

A pesar de lo sucedido, los beneficios obtenidos por el sector comercial no dejaron de crecer, lo que favoreció que una buena parte de los mismos se canalizase hacia otros sectores que la burguesía consideraba altamente rentables. Las ferrerías fueron de las primeras beneficiadas por la entrada de capital comercial, gracias al cual la producción ferrona experimentó un alza importante tanto en producción como en número de explotaciones. La cruz de todo ello fue que buena parte de los ferrones hipotecaban su producción como consecuencia de los créditos obtenidos de la burguesía, además de tener que hacer frente a unos intereses que se cifraban en más de 30 % anual. Del mismo modo, el sector agrícola también se benefició por la entrada de dinero proveniente de la actividad mercantil. Los campesinos recurrieron a préstamos bien para roturar terrenos, bien para adquirir nuevos. No obstante, en un sector tan dependiente de factores poco controlables como la climatología, el recurso al crédito se transformó en una práctica de alto riesgo. Y es que, ante la imposibilidad de pagar las deudas, el campesino podía perder la propiedad que pasaba a manos del prestamista de turno que, la mayor parte de las veces, era un comerciante. De esa forma, y a pesar de la entrada de capital tanto en el sector agrícola como en el de la producción ferrona, la mejora de la calidad de vida, sobre todo de los primeros, no se produjo. Todo lo contrario, los endeudamientos fueron numerosos, al igual que la pérdida de las propiedades. Con todo ello, para buena parte de la sociedad vasca los años finales del siglo XVIII fueron de crisis inapelable.

'Irurac bat'

Entre las soluciones que se barajaron en la época para hacer frente a la recesión estuvo la creación de la Real Sociedad Bascongada de Amigos del País. La iniciativa surgió como producto de las corrientes filosóficas de la época -el racionalismo- y fue la primera de ese tipo que se creó en España bajo el reinado de Carlos III. Sus impulsores, conocidos como los Caballeritos de Azcoitia, entre los que destacó don Francisco Javier María de Munibe, conde de Peñaflorida, consiguieron que en ella se integrase la flor y nata de la intelectualidad vasca de la época. Gentes ilustradas, procedentes del mundo de los negocios comerciales, aunque también hubo miembros de la aristocracia rural. Aquel puñado de intelectuales creían que la sociedad podía ser reformada con la introducción de cambios, sobre todo en los sectores económicos clave, que permitirían, a la postre, mejorar las condiciones de vida de las clases populares. Dos fueron los pilares de la Sociedad: educación y ciencia. De ahí que se impulsara la agricultura, la industria, el comercio y también las artes bajo el lema: 'Se deverá siempre preferir lo útil a lo agradable'. Su divisa, que expresaba claramente que su campo de actuación eran las tres provincias vascas, fue: 'Irurac bat'. Parte de su labor se concretó en la fundación de Escuelas de letras menores en Vitoria, Loyola, Bilbao, San Sebastián y Vergara, lugar éste en el que se impulsó el Real Seminario, primer centro de enseñanza superior del País Vasco.

Los trabajos encaminados a la mejora del sector agrícola se concretaron en iniciativas revolucionarias para la época. Se crearon prados artificiales, se fomentó la cría de ganado con ejemplares foráneos para mejorar la calidad y el rendimiento, se intentaron mejorar las ferrerías y se llevaron a cabo interesantes estudios sobre minería. Incluso se llegaron a conceder becas a jóvenes para que se formaran en el extranjero. Sin embargo, poco pudieron hacer para paliar la crisis. Ésta se extendió de manera irremediable hasta acabar tocando al mismísimo sector comercial. Los tiempos cambiaban y con ellos también el papel que habría de jugar el Estado en la economía del país. De hecho, muchas medidas tomadas por la Corona a finales de aquel siglo dejaron patente que la libertad de comercio se había terminado. El siglo XIX iba a exigir toda una revolución para adaptarse. ¿Sería capaz de hacerlo el País Vasco?
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