
CORRESPONDENCIA
El desarro urbano de la capital ha provocado la pérdida de recursos agrícolas y naturales de las áreas rurales del municipio, fenómeno éste que se ha acelerado en los últimos decenios. Sin embargo, la política medioambiental municipal está paliando este deterioro con innovadoras y adecuadas propuestas de recuperación. Éstas recaen en la acción silenciosa pero efectiva del Centro de Estudios Ambientales, que recientemente ha puesto en valor el corredor del Zadorra entre Gobeo y Abetxuko, sin duda beneficiando el paisaje natural en el entorno de Yurre, Gobeo y Lopidana con la creación de una amplia zona verde de ocio y esparcimiento: el Parque de Atxa. Hoy son evidentes las mejoras paisajísticas en este entorno inmediato a la ribera del río Zadorra -desde la localidad de Gobeo hasta el puente de Abetxuko-, espacio éste que presenta zonas de gran interés medioambiental y también cultural.
Quizá la más notoria desde el punto de vista cultural sea el yacimiento arqueológico de San Miguel de Atxa, plenamente integrado en este nuevo parque vitoriano. Fue excavado parcialmente entre 1982 y 1988, descubriéndose importantes restos materiales y estructurales. Éstos se conservaban sólo a nivel de cimentaciones, correspondiendo a estructuras de un pequeño poblado protohistórico -adscrito a la segunda Edad del Hierro- que fue abandonado y posteriormente ocupado para la instalación de un campamento militar romano en época altoimperial -durante la dinastía Flavia, en la segunda mitad del siglo I d.C.-. Mucho más tarde, posiblemente entre los siglos XII y XIV, en este mismo lugar se erigió una ermita, cuya advocación es el hagiotopónimo que ha dado nombre al sitio. El alto de San Miguel de Atxa sirvió antaño a los lugareños de las localidades cercanas (Gobeo, Yurre, Lopidana y Ali) así como a muchos vitorianos, como plataforma de vigía y contemplación de las frecuentes inundaciones que el río Zadorra provocaba en esta zona de ribera.
Asentamiento humano
La cercanía al recurso de agua y de alimentos proporcionados por el río Zadorra, debió ser uno de los motivos principales, si no el fundamental, que atrajo a un grupo humano a establecerse en la colina de Atxa durante la segunda Edad del Hierro -concretamente, entre los siglos IV y III a.C.-. En la elección del sitio también debieron de tenerse entonces muy en cuenta las favorables condiciones naturales de la colina, que dotaban al emplazamiento de una posición estratégica bien defendible -con un abrupto escarpe de caída vertical al río por el Norte- y un magnífico control visual del entorno circundante.
Los habitantes del poblado que ocupó la colina de Atxa tuvieron una dedicación plenamente agropecuaria, utilizando en al ámbito doméstico materiales culinarios (vasijas de cerámica, mayoritariamente), tanto propios como de tradición celtíbera -estos últimos circunscritos al servicio de mesa y aparecidos en mucha menor cantidad-. Las diferentes viviendas excavadas mostraron un amplio abanico de soluciones arquitectónicas, documentándose la práctica funeraria de inhumaciones infantiles dentro de ellas.
A este respecto, es posible que estas inhumaciones tuvieran el sentido ritual -y quizás también de protección- de fijar al hogar a las criaturas fallecidas durante el parto o a los pocos días o años del nacimiento. No obstante, es éste un hecho que ha pervivido en nuestro país hasta hace menos de un siglo -sobre todo en la vertiente atlántica de Vasconia, aunque también se atestigua en las áreas meridionales, como en la comarca de La Rioja Alavesa, por ejemplo-, tal y como recogió don José Miguel de Barandiarán. Así, en varios estudios etno-antropológicos, aita Barandiarán documentó -con variantes en las formas- enterramientos de nonatos y neonatos no bautizados bajo los aleros de los tejados de los caseríos o en las zonas de huerto.
Tras más de un siglo de vida continuada, el poblado protohistórico de Atxa parece que fue destruido por un incendio, lo que pudo significar su abandono definitivo, quedando la colina desocupada durante varios cientos de años. El devenir histórico de San Miguel de Atxa no acabó aquí, ya que la posterior influencia romana dejó su impronta de aculturación, aunque de ello se podrá reseñar en otra ocasión.









