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Cultura

ESTUDIANTES PRODIGIO DE MÚSICA
Los que dan la nota
Los jóvenes prodigio de Musikene salen adelante a costa de su bolsillo, no tienen derecho a becas que reconozcan sus propios méritos y se las apañan para seguir con el Bachillerato

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Los que dan la nota
ANTES DE CLASE. Sigurjón Freyrsson, en la sede del Centro Superior de Música del País Vasco, Musikene. / JOSÉ USOZ
Llevan sudaderas, zapatillas y una mochila al hombro. Nada en especial. Tienen acné, les gusta quedarse a dormir en casa de los amigos y también cenar comida turca. Y además, cómo no, la música les hace perder la cabeza. Día y noche. Son los benjamines del Centro Superior de Música del País Vasco (Musikene), de carácter privado y con sede en el palacio Miramar de San Sebastián. Tienen entre 16 y 17 años, y se las arreglan para sacar adelante el bachillerato y una carrera artística que les catapulta al séptimo cielo.

Sara Galán (fagot), Ignacio Soler (fagot) y Sigurjón Freyrsson Lorenzo de Reizábal (violín) han ingresado antes de lo habitual en Musikene, una institución con rango de universidad, y no les ha costado nada ganarse el respeto de sus compañeros. Eso sí, los tres les salen por un potosí a las familias Estudian lejos de casa -Sara es de Madrid, Nacho de Valencia y Sigurjón de Leioa-, cuentan con un expediente musical deslumbrante y, pese a todo, no tienen derecho a ninguna ayuda económica, ni de origen privado ni público, en reconocimiento a sus méritos. «En estos casos, las becas para este tipo de estudios -no obligatorios- sólo se conceden en función de los ingresos de los padres, no se adjudican como recompensa a la excelencia», aclaran desde el Ministerio de Educación y Ciencia.

Para postular a una de ellas la renta anual debe ser de menos de 31.000 euros cuando se trata, por ejemplo, de una familia de cuatro hijos. Si no se cumple con esos requisitos, hay que apechugar y soltar la pasta. Fuera de la matrícula de Musikene -que sale por unos 1.000 euros-, a los padres de Ignacio les supone otros 1.000 mensuales la estancia del chico en el colegio mayor Olarain; Sara, en cambio, tiene la fortuna de vivir en casa de una amiga de su madre, en Hernani.

Sigurjón (Siggi para los amigos) es el único que duerme en su cama casi todos los días -salvo los miércoles, porque los jueves tiene clase a las ocho en Musikene-, pero tampoco le importaría pasar más noches con los compañeros de estudios. «Es toda una experiencia arreglárterlas solo...», confiesa con sonrisa pícara mientras acaricia el estuche del violín. De padre islandés y madre bilbaína, está acostumbrado a la variedad; le encanta llegar a un piso compartido, con el pijama y un cepillo de dientes en una bolsa, probar la cama o el saco de dormir y salir a comer 'khebabs'. La noche donostiarra le pone de buen humor, se siente libre, entre colegas y listo para zamparse el mundo.

Lo suyo es explorar nuevos territorios -«ahora me estoy metiendo con Beethoven, que a Mozart lo tengo muy visto»- y no retroceder, cueste lo que cueste. Por eso eligió el modelo biosanitario de bachillerato, cuando lo habitual en su caso sería haber elegido el musical. «Hay días en los que me agobio un poco; la física y la química se me hacen cuesta arriba y acabo de ingresar en la Joven Orquesta de Euskal Herria... Pero, bueno, me las arreglo». Todavía no ha decidido si finalmente compaginará o no una carrera universitaria con la formación musical. «Hay tanto para elegir que no sé; es un poco lío. En casa me dicen que no estaría mal que tuviera estudios universitarios ¿Lo ideal para mí? Hombre, yo querría vivir de la música. Ser lo mejor que pueda, pero no por la fama, qué va... ¿Quiero ser alguien normal!». Directo y certero; de ahí que se le diera tan bien el taekwondo, una de sus grandes pasiones. Abandonada para mayor gloria del violín.



Madres con ritmo

La titulación superior de fagot y violín en Musikene abarca cuatro cursos; tiempo de sobra para curtirse bajo la tutela de profesores de reconocido prestigio y sacar provecho al dinero que invierten los padres. Un desembolso que ninguno lamenta, aunque les dé mucho que pensar: «Nosotros porque podemos... Pero ¿los demás? ¿Cuántos críos se pierden por el camino por falta de recursos económicos? En fin, es lo que hay. Si estos chavales fueran unos portentos para el fútbol, otro gallo cantaría», se queja Margarita Lorenzo de Reizábal, madre de Siggi y directora titular de la Joven Orquesta de Leioa. El chaval lleva la música en la sangre por partida doble: también es hijo del flauta de la BOS, Freyr Sigurjonsson.

Las sagas musicales lo tienen claro desde el principio; siguen el ejemplo de sus mayores y, cada vez, apuntan más alto. Como Ignacio Soler, sin ir más lejos. Su madre, Amparo Pérez Pellicer, tocaba el saxo en la banda municipal de Alzira y su hermano es trompetista, igual que su tío. «Nosotros queremos que estudie en Musikene porque allí está David Tomás, el mejor maestro de fagot que hay en España», explica Amparo. Es que su hijo estudió de pequeño con Juan Enrique Sapiña, miembro de la Orquesta de Valencia, y está acostumbrado a progresar a velocidad de crucero.

Tiene apenas 16 años, pero cuando agarra el fagot para interpretar unos pocos compases del concierto de Hummel, se crece y atrapa la atención desde la primera a la última nota. No sólo airea a los cuatro vientos el sonido justo; no sólo sigue el compás a la perfección. Ignacio derrocha personalidad cuando hace música: se vuelca en cuerpo y alma con cada soplido, y no deja cabos sueltos. Es contundente, un pedazo de artista que dará que hablar. Pero él, como si nada...

«Bah, sencillamente es lo que hago. No me siento ni mejor ni peor. Yo, a los 11 años, ya quería ser músico. Aunque, bueno, al principio había pedido un oboe Pero enseguida se me pasó el capricho. ¿Me quedo con el fagot!», afirma rotundo en una salita de Musikene, con el instrumento de sus amores sobre la mesa. Cómo será que no se le caen los anillos a la hora de ensayar en el sótano del colegio mayor; sólo lamenta que «los chicos que estudiamos música no podamos tocar pasadas las diez de la noche». Si por él fuera, habría que bajarle el desayuno hasta las catacumbas. Allí se encuentra como en el paraíso mientras calienta los dedos con 'El aprendiz de brujo', de Paul Dukas.

Es un chaval con chispa; apacible como un amanecer en la playa de Malvarrosa «Pero, oye, también me va la marcha. Me gusta el 'rap' en castellano y la música pachanguera. Y me molan las pelis de la Segunda Guerra Mundial».

Salta la liebre

Los tréboles de cuatro hojas suelen pasar desapercibidos, aunque a veces salta la liebre. Algo así le pasó a Sara Galán. El talento brotó por generación espontánea y, encima, la suerte le echó un capote: «En la familia no hay nadie que valga para esto, excepto ella. Y lo bueno es que la matriculamos en el colegio Padre Antonio Soler de El Escorial, donde se siguen estudios de música, aparte de la educación reglada. Es un centro público y nos pareció interesante; creo que hay otro similar en Barcelona, pero privado. A Sara le gustó desde el principio. Y, ojo, fue ella la que escogió el fagot con ocho añitos », recuerda Lucía Rica, una enfermera bilbaína radicada en la sierra madrileña que se maravilla ante «el esfuerzo tremendísimo» que hace su hija.

Sara siente una pasión arrolladora por la música. No sólo conoce al dedillo su repertorio, sino todos los grandes conciertos para piano, violín, violonchelo, clarinete, flauta, arpa... Devora discos, los programas de Radio Clásica y siempre tiene «hambre de público», de saltar a escena con el fagot en ristre «y darlo todo». Se le ilumina el rostro cuando habla y confiesa, con los ojos perdidos en un punto lejano, que «a veces me impaciento, querría ser perfecta, llegar a la meta...». Pero sabe de sobra que no llegara nunca. Y que eso no es malo. «Lo sé, lo sé. Siempre querré ser mejor. Puf, tendré que acostumbrarme».

De momento sueña con conocer a Barenboim y a Abbado, lamenta haber nacido «cuando ya no estaba Bernstein» y cada día disfruta más de la Filosofía. «La descubrí el año pasado y mola. Ya me gustaría tener más tiempo para leer, pero hago el Bachillerato a distancia y me queda tan poco tiempo ». Se muere de ganas de volar muy alto y a toda pastilla. Será cosa de familia: «Mi hermano mayor está en el Ejército del Aire y el pequeño está loco por las motos», explica entre risas.

-¿Os habéis arrepentido alguna vez de haber elegido este camino?

-Sigurjón: ¿Arrepentirme? ¿Por qué me iba a arrepentir?

-Ignacio: No, no, nunca.

-Sara: Es mi vida. Yo no la cambiaría por nada.
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