
En ese tiempo sólo ha faltado a su cita en «tres o cuatro ocasiones, cosas imponderables» porque el trabajo se lo impidió. Ahora, ya jubilado, acumula pañuelos de mirandés ausente. Ayer fue el único y sintió la misma emoción de siempre pues, no en vano su abuelo le metió el gusanillo cuando tenía 7 años. «Fue la primera vez que me llevó a la ermita y, con otros críos me encargaba de llevarles el agua para almorzar».
Él además, tiene su historia particular con las fiestas sanjuaneras; es uno de los fundadores de la cuadrilla de Los Chachis. Ayer por lo tanto no olvidó ninguna de las prendas identificativas.
Así pues, Alberto Gómez Tobalina, es Mirandés Ausente, pero muy muy presente siempre que llega San Juan del Monte. Volvió a emocionarse cuando José Ramón Urbina le impuso el pañuelo, y también cuando el Orfeón, en este caso cada uno con la blusa de sus cuadrillas, cantó el himno de Miranda, acompañado por todos los que llenaban la Plaza de España.
Cumplido el rito, «muy agradable y emotivo para mí», se sumergió entre los componentes de su cuadrilla para disfrutar del día y prepararse ya «para mañana, que es lo mejor de todo». Lo mismo hicieron también los componentes de la peña San Juan del Monte de Burgos, que un año más acudieron a la cita con las fiestas mirandesas. No faltó en este caso el intercambio de pañuelos. La sanjuanera infantil, Paula, le puso el rojo a Alicia y ésta le colocó el verde a la mirandesa.
Antes religiosidad
La fiesta en el quiosco de la Plaza de España comenzó poco después del mediodía, pero antes, a las 11.00 horas y en la Iglesia de Santa María, se ofició la misa en la que compartieron protagonismo la Virgen de Altamira y San Juan.
Como es costumbre todas las cuadrillas, además de mirandeses y mirandesas a título individual, participaron en la tradicional ofrenda de flores a la Patrona y el Santo. Las hubo de todos los colores y aromas, pero todas tuvieron algo en común pues se entregaron por los sanjuaneros con el mismo espíritu y devoción. Participaron además, mayores y pequeños. Los primeros quisieron así transmitir la tradición a lo más jóvenes, a los que serán, sin duda, el futuro de la fiesta.
Este año, además hubo una novedad, se hizo entrega de la nueva llave de la ermita a la Virgen de Altamira. Cumplida la parte religiosa de la jornada previa al día de San Juan, el ánimo festivo volvió a llenar las calles.
En las horas más tempranas aún algunos recelaban sobre si salir dada la inseguridad del clima, pero a medida que se fueron abriendo claros en el cielo también se fueron abriendo las puertas y bombos y charangas se hicieron presentes en todos los rincones de la ciudad.





