Sanjuanín, día de la ojera y la voz ronca, es el epílogo perfecto a una gran fiesta; vital para poner las cosas en su sitio. Y hacerlo poco a poco, con relajación, es clave. De entrada, la romería es más selectiva. Ascienden a pie sólo los más voluntariosos. El resto tira de vehículo privado o autobús (los menos) sin ningún complejo. Todos tienen claro que han de coger cepillo y bayeta para devolver el lustre a sus casetas. Porque ese es uno de los sentidos que tiene la última jornada festera: que el paraje quede impoluto. El otro, fundamental, descansar.
La verdad es que se lo montan bien estos blusas. Se sacaron de la manda este día de campo para recuperarse de los estragos de noches interminables y litros de alcohol. «Menos mal que tenemos el martes», confesaban desde una de las casetas. La transición hacia la rutina es, gracias a este martes, cómoda.
El día en el que El Bombo cae a las profundidades del Ebro, comenzó con escasa actividad en la ciudad. Apenas se veía un alma en el centro. Y eso que el reloj marcaba ya las diez de la mañana. Eso sí, ya en la ruta hacia la Laguna, la sucesión de coches fue constante. También la presencia de personal de Cespa, que retiraba la basura dejada por los sanjuaneros en la Bajada del lunes.
Tiempo inestable
Dos bares funcionaron durante todo el día en el paraje. Y allí se desplazaron también otras tantas furgonetas de venta ambulante de helados. Pero, lo que son las cosas, si el día central de la fiesta el calor llegó a apretar de un modo casi cargante, ayer primero se nubló, luego asomó el sol y, a la hora de la comida, cayó una jarreada que aconsejaba resguardarse bajo tejado y cubrir la blusa con algo de más empaque. Vamos, que helados no se vendieron mucho.
El tiempo inestable de ayer fue síntesis de lo que se ha visto en la ciudad los últimos días y, curiosamente, ha marcado más los actos dedicados a los niños -todo comenzó el sábado con el Bombazo Chiqui- que los centrales del programa. La mañana se fue entre concursos de papellas y dibujo infantil, música de las charangas en todas las esquinas y los preparativos de las comidas. Antes de que la lluvia se apoderase de La Laguna, más de uno y más de cien se tumbaron sobre la hierba con las gafas de sol bien calzadas y un aspecto somnoliento comprensible. La partida, el pacharán y recoger los bártulos consumieron las últimas horas en La Laguna. La cita estaba en la Plaza de España. Tocaba despedir al Bombo.