Llega el buen tiempo y el bilbaíno medio guarda los jerséis de invierno en el altillo y comienza a sentir ganas de terraza. Sabemos que la evolución de las especies es constante y la nuestra está mutando hacia el suave hedonismo mediterráneo. No es bueno ni malo, simplemente es así. Caen dos rayos de sol sobre la ciudad y ya estamos todos en la calle, semidesnudos y mundanos, buscando una terraza desde la que observar el mundo con displicencia de patricios tropicales.
Siempre preocupados por el bien común y el beneficio propio, los hosteleros cada vez sacan más mesas al exterior. Algunos lo hacen con mesura y otros improvisan en la acera unas construcciones increíbles, una especie de barracones militares soviéticos confeccionados con mesas y sombrillas de camping. Si en una misma manzana coincide uno de esos enormes asentamientos con un par de contenedores de obra, un espectáculo musical, un andamio, dos chismes de la OTA, un vendedor ambulante, cinco farolas, un punki malabarista y tres niños rubios en triciclo, el tránsito por la rúa se vuelve, cuando menos, complicado.
La ciudad es un organismo vivo y donde hay vida hay también su porción de desbarajuste. Una ciudad sin su punto de hervor es un poblado fantasma, pero una ciudad que no respete cierto orden se convierte en un zoco en hora punta, es decir, en un lugar inhabitable. Para evitarlo, el Ayuntamiento ultima la creación de un cuerpo de inspectores encargados de controlar la ocupación de la vía pública. Serán nueve funcionarios y trabajarán sobre el asfalto, comprobando que terrazas, veladores, mercadillos y demás instalaciones callejeras cumplan las condiciones que se especifican en sus licencias.
Pasará un tiempo antes de que el nuevo grupo de inspectores comience a trabajar al completo, pero tres de ellos estarán en acción en agosto, o sea, en Semana Grande, que es justo cuando las calles de Bilbao se vuelven absolutamente locas. Será entonces cuando podremos verles midiendo espacios libres y comprobando la estabilidad de los mecanotubos. Lo haremos, claro, desde una terraza y sentiremos entonces la infinita satisfacción de comprobar que los que trabajan son los demás.