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La desesperación de los vivos

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La desesperación de los vivos
ESFUERZO. Los equipos de rescate trasladan el cadáver de una de las víctimas evacuada por barco desde Yingxiu por estar destruidas las carreteras. / AP
Una interminable serpiente verde se acerca al epicentro de la catástrofe portando alimentos básicos, agua potable, equipos de rescate y medicamentos. Los camiones militares no dan abasto para transportar todo el material que llega a Chengdu, cuyo aeropuerto recibe un vuelo repleto de ayuda cada diez minutos. El paisaje muestra las heridas provocadas por el seísmo del pasado lunes. Grietas en el asfalto, tejados derruidos y, finalmente, la devastación total.
En la dirección opuesta, una espeluznante consecución de comitivas fúnebres, engalanadas con telas blancas y coloridos adornos florales, se lleva a los muertos lejos de donde el terremoto les arrebató la vida. En los pequeños pueblos suenan la música y los petardos de los funerales. Pero, entre supervivientes sepultados y fallecidos, pocos se acuerdan de quienes lo han perdido todo, menos la vida.
Yuan Run, de 12 años, y Tan Qin, de 9, se salvaron de una muerte casi segura gracias a su clase de gimnasia. «Estábamos corriendo por el patio cuando todo comenzó a temblar», contaba ayer a este periódico la mayor de estas dos hermanas, estudiantes de la escuela de Juyuan. «No habían pasado más que unos segundos cuando escuchamos un ruido muy fuerte. El edificio antiguo se había derrumbado y todo el mundo estaba llorando y gritando», recuerda Run sin poder contener las lágrimas. Novecientos jóvenes quedaban sepultados por los escombros y comenzaba la mayor tragedia de las últimas tres décadas en el gigante asiático.
A pesar del pánico y del caos iniciales, las dos niñas no tardaron en encontrarse con su padre Yuan Ming Qiang, de 36 años. «Estaba en la planta baja de nuestra casa y conseguí salir corriendo con mi mujer», cuenta. El edificio se vino abajo con sus dos progenitores, que descansaban en el segundo piso, pero Ming Qiang todavía siente alivio por haber encontrado a sus hijas sin un rasguño. Después de haber incinerado los cuerpos de los abuelos en el atestado crematorio de Dujangyan, donde los cadáveres se alinean por decenas, sus preocupaciones son otras.
Actualmente, toda la familia vive en el patio de la escuela, en unas literas que han conseguido sacar de los dormitorios para estudiantes, y bajo una improvisada tienda de campaña construida con el plástico de sacos multicolores y con sillas del centro. «No nos faltan ni comida ni bebida, y agradezco la ayuda que nos han traído», explica el padre de familia a la vez que muestra las botellas de agua purificada y los sobres de fideos instantáneos que les ha proporcionado el Gobierno, que ayer tomó la decisión de regular los precios de los alimentos básicos para impedir que se disparen ante la falta de suministro. «Pero aquí lo hemos perdido todo. Una vida ahorrando para comprar una casa y dar a mis hijas un futuro. Y ahora, nada. Me gustaría saber qué piensan hacer las autoridades con nuestras vidas. ¿Nos devolverán la casa? A veces pienso que sería mejor estar muerto».
Aplausos en la distancia
Weixiong Mifang comparte ese sentimiento, pero por razones diferentes. «Ya tengo casi 80 años. El terremoto me tendría que haber llevado a mí y no a mi nieta». Gritos y aplausos en la distancia rompen el silencio que reina en la ciudad. Han encontrado a una joven de 22 años viva bajo un edificio residencial. La noticia da alas a Mifang, que busca a su nieta entre los restos de la escuela de Juyuan con la ayuda del padre de ésta y de su hermano. «Los equipos de rescate ya se han marchado porque no creen que haya nadie vivo bajo los escombros. El Gobierno queda muy bien diciendo que envía decenas de miles de soldados, pero luego somos nosotros los que tenemos que sacar los cadáveres de nuestros familiares», se lamenta Mifang. «Entiendo que la prioridad sean los vivos, pero han pasado ya cuatro días desde el terremoto y todavía no han llegado grúas a pesar de que la carretera está en buenas condiciones».
A escasos 300 metros, la familia de Shing Li, de 23 años, rebusca entre lo poco que queda de su hogar, en cuya planta baja tenían también un pequeño restaurante, el sustento de sus cinco miembros, entre los que no hay víctimas mortales. Tan ha encontrado los hierros retorcidos de lo que fue su moto y continúa retirando cascotes para localizar la pequeña caja en la que guardaba sus ahorros. «Mis sueños están ahí», dice. «Quería ir a estudiar fuera, salir del pueblo y prosperar». Ahora, maldice la hora en la que decidió prescindir de los servicios de un banco.
«El problema es que aquí nadie tiene seguro», explica Li. «No nos lo podemos permitir y no confiamos en las empresas que lo proporcionan. Aquí la familia y los amigos son nuestro seguro, pero ahora estamos todos igual de mal. Por eso, es imprescindible que, cuando acaben los trabajos de rescate, el Gobierno ponga el mismo empeño en la reconstrucción de nuestros hogares y negocios».
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