Ayer hubo gritos júbilo, lágrimas de emoción y muchos besos apasionados en San Francisco, donde el Tribunal Supremo de California dictaminó que lo ilegal es impedir a las parejas homosexuales el derecho a casarse.
Con ello California se convierte en el segundo Estado de la Unión en permitir los matrimonios homosexuales, después de Massachusetts. Otros, 27, para ser exactos, corren en sentido contrario, autorizando enmiendas constitucional para definir el matrimonio como un sacramento entre hombres y mujeres, que les blinda contra la posibilidad de ampliarlo a los gays.
En la cuna mundial de los homosexuales se dieron hace cuatro años impresionantes escenas de parejas gays que hicieron cola durante días alrededor del Ayuntamiento para casarse, una vez que el joven alcalde Gavin Newsom abrió la veda unilateralmente. Su gozó se esfumó muy pronto, cuando los tribunales anularon las licencias. Desde entonces, una treintena de parejas han continuado tenazmente la lucha por defender esos matrimonios, hasta la culminación de ayer. La decisión del Supremo ha sido aprobada por una estrecha mayoría de 4 a 3.
Con todo, tendrán que repetir la ceremonia cuando transcurran 30 días desde esta sentencia, y no podrán contar con envejecer junto al cónyugue legal, porque otras fuerzas conservadoras planean ya tumbar la decisión. La propuesta para cambiar la Constitución de manera que invalide la decisión del Supremo suma ya un millón cien mil firmas. Un éxito que no debe sorpender, ya que en el año 2000 el reférendum para que «sólo los matrimonio entre un hombre y una mujer sean válidos y reconocidos en California» se aprobó con el 61% de los votos.
El actual gobernador, Arnold Schwarzenneger, que ha vetado los intentos legislativos de autorizar matrimonios gays, indicó ayer que acepta el veredicto judicial. Más de 100.000 parejas en ese Estado se beneficiarán de la medida.