Asus ochenta primaveras, Claude Chabrol sigue entregándonos una película por año, con lo cual su gloriosa filmografía no puede ser más vasta y variada. Ahora nos ofrece otro drama burgués con ribetes de 'thriller' clásico, centrado en un caso real: el del asesinato de una joven que, en su afán por alcanzar un estátus superior a su clase social, en la falaz sociedad en la que sobrevive, acaba en un callejón sin salida. Nuevo esfuerzo creativo del singular autor de 'Champaña para un asesino', que ya dio pie en 1955 a la excelente película de Richard Fleischer 'La muchacha del trapecio rojo'.
Así que una vez más, Chabrol sigue auscultando el, en apariencia, apacible mundo de la alta burguesía gala, presidido en esta ocasión por una corajuda mujer, brujuleando entre dos hombres: un rijoso anciano y un joven psicópata. Patético triángulo pasional, donde las perennes obsesiones de su autor, a partir de un estilo inteligente, se dispone a cambiar la adocenada alma del cine actual. Porque 'Una chica cortada en dos' impresiona por la veracidad de su ambiente provinciano (la ciudad de Lyon) y de sus personajes, con esa penetrante capacidad del acreditado director para diseccionar las relaciones humanas hasta los zancajos.
Una escenografía que actúa por impregnación, sin perifollos inútiles, apoyándose en una cámara distante, pero a la vez incisiva, así como en un bien conjuntado equipo de actores (donde también figura Mathilda May, a la que pudimos ver en 'Chacal'). 'Una chica cortada en dos' desgrana una fábula sórdida enmarcada en ambientes cotidianos, con sus gotas de intriga, sexo y muerte, marginal y extraña. Se advierten huellas de Orson Welles y Alfred Hitchcock, mientras que la intriga se va articulando de forma progresiva en la mente del espectador, por medio de una sofisticada trama, resuelta con dureza de macho y dulzura de hembra.