A Diego Urdiales le da igual que llueva o que haga calor, que el gato sea negro o blanco... Las supersticiones taurinas se la traen al pairo. ¡Chorradas! El pasado martes casi toca el cielo y encima era trece. El torero riojano llegó por la puerta de atrás a la feria de San Isidro en sustitución de un Serafín Marín, que había sufrido un percance en la plaza de toros de Zaragoza, y a punto estuvo de salir por la puerta grande.
Urdiales esperaba la llamada del empresario de Las Ventas y el teléfono sonó. Fue el pasado domingo, cuando asistía a la comunión de su sobrina María vibró el móvil en su bolsillo: «Diego, pasado mañana toreamos en Las Ventas», así de escueto, así de ilusionante. Antes de comentarlo a la familia, Diego llamó a Roberto Gómez, su leal mozo de espadas, para darle la buena nueva y de paso poner en marcha a su cuadrilla. La suya, la de siempre. Los ojos del riojano brillaban otra vez después de haber visto cómo los carteles de las grandes ferias le habían olvidado una temporada más.
Futuro padre
A su mujer Marta, embarazada de seis meses de una niña que llamarán Claudia, el corazón le dio un vuelco. Nadie mejor que ella ha visto sufrir a Diego al ver pasar estos nueve años de torero profesional con mucho esfuerzo y pocas oportunidades. Nadie recuerda tan al detalle como ella aquel 15 de agosto de 1999, en la plaza de toros de la localidad francesa de Dax, cuando el maestro Paco Ojeda le dio la alternativa. Y eso que la carrera del menudo diestro riojano tiene tardes heroicas de gloria, algunas en su tierra, donde llegó a salir de la plaza de Logroño con tres orejas y un rabo. Tampoco son muchos los matadores que se pueden jactar de haber indultado un toro del temido hierro de Victorino; hazañas que de poco sirvieron a un torero «modesto», desterrado del escalafón en las temporadas 2005-06.
Después de cada gesta, las felicitaciones agotaban la batería del móvil pero las ofertas de un apoderamiento serio seguían sin llegar y de dar pases al aire no se come. Diego tuvo que volver al oficio de la brocha gorda y aplacó su rabia endureciendo su plan de preparación diario. A sus paisanos se les hace habitual verle correr su ración de 15 kilómetros por caminos salpicados de fábricas de calzado. La sudada suele continuar con ejercicios de Pilates, sesiones de tres a cuatro horas de toreo de salón y pases nocturnos de vídeo.
A los 32 años, llegó la llamada de Madrid y un acuerdo de apoderamiento con Javier Chopera que le garantizaba su inclusión en el abono de San Isidro. Algo falló y, pese a sonar en todas las quinielas, finalmente el torero riojano no fue anunciado en ninguno de los carteles definitivos. Conocido el duro golpe de voz de su apoderado, Diego marchó a la desconchada plaza de toros de Arnedo para no perder el tacto de los «trastos» y rumiar en solitario el enésimo varapalo de su carrera.
Sonó el teléfono
Y así pasaban los días hasta que el pasado 26 de abril, el torero Serafín Marín resultó cogido en Zaragoza. El parte facultativo no ofrecía dudas, el diestro catalán no podría estar en el sexto festejo de la feria de San Isidro. La desgracia del compañero abría una puerta a la esperanza y el teléfono volvió a sonar. Era día de comunión para los Urdiales.
En menos de 24 horas, Diego reunió a su cuadrilla en el hotel Wellington de Madrid. Encerrado en su habitación y atacado de miedo «hasta las trancas», únicamente salió para montarse vestido de luces en su 'Chrysler Voyager' particular, pertinentemente acondicionada para la ocasión. Seguro que de camino a Las Ventas canturreó alguna canción de Manuel Carrasco, aquel pintor gaditano de brocha gorda al que Operación Triunfo cambió su vida de un día para otro.
Tres horas después, Urdiales volvía a sentarse en el 'coche de cuadrillas' después de haber rozado con la mano la llave de la puerta grande. En la habitación del hotel le esperaba Marta, su mujer, y sobraron las palabras. Un abrazo y un pensamiento común: «Al final va a ser cierto que Claudia viene con un pan debajo del brazo». En el kiosco, al día siguiente, los cronistas ensalzaban «el toreo puro» y «la recia torería» de este modesto valiente de Arnedo.