Hay pocos países más hermosos y acogedores que Myanmar (antigua Birmania) y en el que, sin embargo, su pueblo viva tan mal y esté ansioso por emigrar al extranjero. La culpa no sólo la tiene el ciclón 'Nargis', sino la Junta Militar que gobierna tras el derrocamiento en 1988 del general Ne Win, quien había dado un golpe de Estado 26 años antes. Las multitudinarias protestas contra su régimen se cobraron 3.000 vidas, pero derrocaron al tirano.
Una Junta tomó el poder y prometió elecciones en 1990, pero anuló el resultado y su ganadora, la premio Nobel de la Paz Aung San Suu Kyi, fue confinada bajo arresto domiciliario. Mientras, el general Than Shwe, un zafio y supersticioso cartero, aficionado a la guerra psicológica y a la astrología, se ha erigido como el 'hombre fuerte'. Los militares han hecho de una de las naciones más prósperas y florecientes de Asia uno de los estados más pobres, opresivos y herméticos del mundo. Debido a las constantes violaciones de los derechos humanos por parte del Gobierno, el país está sometido a un embargo que afecta, sobre todo, a la población.
Entre el 70% y el 90% de los 57 millones de birmanos vive con menos de dos euros al día, como Bo Bo Aung, un niño de doce años que rebusca entre la basura en un vertedero de Yangón (Rangún). «Preferiría ir al colegio pero vengo aquí desde las seis de la mañana hasta las cinco de la tarde porque mi familia, que trabaja sacando arena del río, es muy pobre», explica el pequeño, que recibe sólo 20 kyiats (1 céntimo de euro) por cada botella de plástico.
Gasolina racionada
Su situación no es peor que la de la mayoría de los birmanos, que viven en cabañas de bambú en medio de arrozales que siembran arando la tierra con sus bueyes. «Tenemos que ahorrar porque se avecinan meses muy negros», dice Nyan Myint, un taxista que lleva horas esperando una cola kilométrica ante una gasolinera. El combustible está racionado a un precio de 2.500 kyiats por litro (1,7 euros). Los que necesiten más combustible deben acudir al mercado negro: las barracas de la calle donde jóvenes y niños absorben con mangueras la gasolina del depósito de un coche-surtidor y llenan bidones que se venden a 5.500 kyiats el litro (3,7 euros).
«Tras el ciclón, cuando las gasolineras estuvieron cerradas tres días, costaba entre 10.000 y 15.000 kyiats por litro», se lamenta Nyan Myint, quien también se queja de la subida del arroz y la verdura. El precio de los carburantes es uno de los mayores quebraderos de cabeza de los birmanos, ya que la retirada de la subvención estatal a los combustibles (y su consiguiente incremento de precio) fue el primer motivo que echó a los monjes budistas a la calle durante la 'revolución azafrán' de septiembre del año pasado.
Pero este problema no es el único, ya que Rangún, la principal ciudad del país al contar con 6,5 millones de habitantes, no es más que una caótica amalgama de desvencijados coches y autobuses japoneses y destartalados edificios coloniales que amenazan con derrumbarse. «Ahora no tenemos agua ni luz por el ciclón, pero en circunstancias normales disponemos de ambos suministros unas seis horas al día», explica una residente, que se muere por conseguir dólares.
Y es que se exige pagar con el 'billete verde' para acceder, por ejemplo, a la pagoda de Shwedagon, el principal monumento de Rangún, junto a la de Sule, uno de los epicentros de la 'revolución azafrán'. «Cuando vuelvan todos los monjes de sus pueblos, nos manifestaremos», asegura otro religioso en el monasterio de Chaukhtatgyi, famoso por su gigantesco Buda reclinado y donde sólo quedan 200 de sus 600 'pongyi'. «Acabo de regresar después de esconderme en mi casa», relata el monje, que participó en la revuelta y fue detenido y torturado durante las tres semanas que permaneció arrestado.
Monjes espías
«Este Gobierno es muy malo, pero no puedo hablar porque algunos monjes son espías», murmura mirando nervioso de un lado a otro para comprobar que nadie le escucha, lo que se ha convertido en un hábito frecuente de los birmanos. Aunque la población odia a la Junta Militar, ésta se mantiene en el poder gracias al miedo y la represión y a sus 400.000 soldados, jóvenes sin estudios que se aseguran así la alimentación, alojamiento y atención sanitaria de su familia.
Los despropósitos llegan a tal extremo que el Gobierno ha prohibido las motos en Rangún para evitar atentados con pistoleros, por lo que los únicos motoristas son chivatos o policías de paisano. Además, las comunicaciones están controladas y numerosas páginas web permanecen censuradas, pero los birmanos las sortean con conexiones a servidores extranjeros.
Encabezando todos los rankings mundiales de corrupción, los militares controlan los principales negocios y venden sus abundantes reservas vírgenes de gas, petróleo, madera de teca, minerales y piedras preciosas a países como China, India, Tailandia, Singapur o Corea del Sur. De hecho, el régimen de Pekín es el principal aliado de la Junta birmana porque sus relaciones comerciales superaron el año pasado los 2.000 millones de euros, casi todo en importaciones chinas.