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Cuando Mao Tse Tung respondió a las amenazas de una bomba atómica sobre China, no pensaba en el terremoto que asolaría esta tierra. Tampoco en sus consecuencias, ni en el dolor inmenso que encierra cualquier catástrofe, natural o provocada. «Eso lo resuelvo en una noche», sólo fue una 'boutade', un gesto de altiva tozudez. No cayó en la cuenta de que si China late es porque laten sus mil quinientos millones de corazones vivos. Ahora, alguno menos. Aunque, a estas alturas y aplicada la 'ley Mao' de procreación estén latiendo ya el mismo número de corazones que antes del seísmo.
Se han venido abajo unas 9.000 escuelas. Todavía hay madres que acampan su dolor sobre las ruinas a la espera de la resurrección de su hijo. A veces se produce y la gente prorrumpe en aplausos. Acusan a las autoridades locales de haberse enriquecido con el uso de materiales de segunda y de que ninguna construcción respete las normas antisísmicas. ¡Es tan fácil la corrupción entre tantos, y tan cruel...! Como si la naturaleza se empeñara en justificar la pena de muerte para los corruptos. A Camus y a mí se nos hace difícil creer en un Dios que permite morir a los niños.
Hubo escenas conmovedoras. Como aquella de la foto en la que una pareja desencajada traslada el cadáver de su hijo bajo un plástico rosa del que sólo asoman dos minúsculas zapatillas deportivas, de marca. O aquél que antes de huir y en pleno terremoto se vuelve para rescatar la olla de cocer arroz. O el joven, atrapado bajo los escombros, que espera turno mientras su rostro relajado mira al cielo; parece que habla con Dios. O la mayoría, que prefirió la seguridad de su coche a la de su hogar, y allí se hacinaban y pasaban las noches y los días burlando las réplicas; el coche como principal signo de una modernidad invulnerable. O el español que invitó a paella.
Las Olimpiadas han traído las revueltas en Tíbet y la transparencia. Han salvado la vida de muchos y ablandado el corazón del sistema. Todos estamos necesitados de la solidaridad universal.
Los muertos birmanos son más misteriosos. Se multiplican en secreto. La junta militar dijo que había 30.000, a los tres días que 70.000. La ONU reconoce que puede haber 100.000 y no sería extraño que acabaran siendo 150.000. La muerte fornica cuando se aburre.
Del poemario de Mao Tse Tung: «¡Deja de eructar tonterías!/Mira, el mundo está puesto al revés
En días de sol,/vestida de blanco y adornada de rojo, veréis la tierra/aún más hermosa, más cautivadora».
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