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Política

MARÍA SAN GIL, PRESIDENTA DEL PP EN EL PAÍS VASCO
Líder, a su pesar
Ingresó en la política tras el asesinato de Gregorio Ordóñez en 1995, se ganó el apodo de 'María coraje' por su lucha contra ETA y, ahora, sus diferencias con Rajoy le llevan a vivir las horas más complicadas en el PP

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Líder, a su pesar
MIKEL CASAL
Mariano Rajoy explica la situación que se le ha creado en el partido, desde que el PP perdió las elecciones del 9 de marzo diciendo que se han producido «hechos importantes», sucesos «poco relevantes» y «el problema». En la primera categoría sitúa la batalla de Esperanza Aguirre y que un grupo de comunicación haya ido a «triturarme». En el segundo orden, cita la ubicación de sus peones en el grupo parlamentario. Pero el «problema» no necesita mayor explicación. Se llama María San Gil. Porque la presidenta del PP del País Vasco, uno de los iconos más importantes de los populares en España, con su 'plante' a la dirección de su partido, acaba de protagonizar una puesta en escena con la que muchos populares se identifican, desde luego, pero que no han tenido valor suficiente para quitarse la careta en público. Porque hay que tener valor, o falta de cálculo, para decir, antes de llegar al congreso de su partido, que no se fía de lo que vaya a hacer su presidente, independientemente de lo que señalen los papeles.
Su renuncia a firmar la ponencia ha incomodado a los más frívolos, ha dejado en evidencia a los que la critican en privado y ha sembrado el panorama de su partido de cara a las próximas elecciones autonómicas vascas de una rara incertidumbre. Pero lo peor, y ahí está su error de cálculo, es la pugna de camarillas que se acaba de desatar en el interior del PP vasco y la constatación del desistimiento que empiezan a mostrar los afiliados que más identificados han estado con la defensa de las víctimas del terrorismo que, sin María, no se imaginan.
Pero a esta dirigente donostiarra, madre de dos hijos, que ha aguantado las increpaciones de los estudiantes nacionalistas en la Universidad de Santiago con la mejor de sus sonrisas, le gusta afrontar los problemas de cara. Con una sonrisa dijo que, si había ganado la batalla de la resistencia a ETA, también iba a lograr vencer el cáncer de mama que padecía. En una feria en Getxo, mientras María paseaba con los suyos, un energúmeno la insultaba llamándole «asesina» mientras sostenía a su hijo sobre los hombros. San Gil se dirigió a este ciudadano para decirle: «¿No te da vergüenza, siendo padre, qué valores le estás enseñando a tu hijo?». Y el energúmeno se calló bajando la cabeza. Cuando acudió a declarar en el juicio contra el asesino de Ordoñez y pasó por delante de 'Txapote' taladrándole con la mirada, los presentes en la sala, tan acostumbrados a sus permanentes sonrisas, sintieron que es capaz de combinarlas con el hielo del desprecio.
Desde el observatorio socialista la critican porque en esta pelea interna no haya sabido aguantar hasta el final, una vez logrado que se reconociera el espíritu y la letra de su ponencia, para plantear batalla en el congreso. Y desde su partido en el País Vasco desaprueban que todos sus últimos movimientos los haya hecho en solitario. Pero lo que subyace de este pulso entre María San Gil y Mariano Rajoy es una colisión de diagnóstico a la hora de reflexionar sobre las causas de su derrota electoral el pasado 9 de marzo. Los votos o la coherencia; he ahí la cuestión.
El atentado
Pero así es María San Gil. Sin dobleces y sin cálculos electorales. Quizás lo que para sus seguidores sea considerado como una virtud, a la hora de contabilizar votos, su perfil aferrado a los principios y a una línea de coherencia se convierta en una rémora del rumbo de su partido. Desde que ETA asesinó en 1995 a su jefe y amigo, Gregorio Ordóñez, mientras los dos estaban almorzando en el restaurante 'La Cepa' de San Sebastián, a esta secretaria de dirección, sin ambición ni vocación política, le cayó el apodo de 'María coraje' por el arrojo con que asumió la responsabilidad de comprometerse a defender las ideas por las que había sido asesinado el líder del PP vasco, pero en la primera línea de la trinchera. Podía haber seguido con su discreto trabajo, «sin meterse en líos», como le aconsejaban desde su entorno más cercano. Pero dio un paso adelante y tuvo que plantar cara al vacío que había dejado Mayor Oreja al irse al Parlamento europeo y peleó por un puesto por el que se había estado postulando, también, la desaparecida Loyola de Palacio.
Y despegó. Qué poco se imaginaba ella que, después de que Aznar, en un acto electoral en San Sebastián en la campaña del 2004, le entonara, a modo de bolero, «si tú me dices ven», su presidente se iría, su líder Mayor acabaría en Bruselas con Iturgaitz y que ella se quedaría en la garita de guardia. Desde entonces, el destino de María, que lució su segundo embarazo en una campaña con su conocida naturalidad, ha sido duro, terco y adverso. La política ha terminando por apasionarla, aunque abomine de sus intrigas. Su imagen nunca ha ido asociada a la de un 'animal político' -una profesional de la política-, precisamente porque no ha mostrado interés por el ascenso en el aparato de su partido. Es una rara avis de la política. Una 'especie en extinción'.
En la campaña de 2005, cuando ya su partido estaba en la oposición y ella se medía en las urnas por primera vez como candidata a lehendakari, el PP obtuvo 15 escaños, «el mejor resultado en autonómicas teniendo a tu partido fuera del Gobierno de España» señala Antonio Basagoiti, presidente del partido en Vizcaya, que, de la misma forma que estuvo junto a María San Gil en su pulso con Loyola de Palacio, ahora también la apoya, aunque reconoce que la puesta en escena de su rueda de prensa, hablando de su quiebra de confianza en relación a Mariano Rajoy, ha situado al PP en una situación muy delicada
Un discurso duro
María San Gil, desde que asumió su responsabilidad al frente del PP, se comprometió a trabajar en Euskadi por construir una alternativa al nacionalismo, pero su discurso duro e incómodo no ha atraído ya en las urnas. Ser el recordatorio constante de la frialdad del PNV con las víctimas o de los pasados coqueteos de los socialistas con los nacionalistas, le ha acabado convirtiendo en un testigo incómodo; incluso para dirigentes de su propio partido que ven en la política de la amabilidad y las componendas un camino más eficaz para recuperar votos.
De la misma forma que el PP perdió las elecciones, María también sufrió la misma suerte en el País Vasco. Ahora, Mariano Rajoy, tras los resultados electorales de su partido en Cataluña y Euskadi, es consciente de que el discurso de la resistencia no resulta atractivo. A María, más que ganar votos, le importa no traicionarse a sí misma y no parece dispuesta a mostrar más cintura en esta nueva legislatura. Y en ésas están los dos.
No ha conseguido librarse del cliché de aparecer como 'tutelada' por Jaime Mayor. Pero ella hace ya tiempo que vuela sola. Tanto, que ni siquiera quiso consultarle la polémica ponencia a su ex jefe, porque quiso evitar cualquier atisbo de presión. Pero siente que le han hecho trampas algunos compañeros durante la travesía de la ponencia. Soria, por fuera; Lasalle, por dentro. Y el presidente de su partido ha dejado que se pudriera la situación. Y a ella se le ha quebrado la confianza. Y lo ha dicho en público. Otros en su lugar, con más ambiciones políticas, se habrían callado.
Se apartó unas horas para meditar, pero la presión fue tan intensa que tuvo que salir a explicar sus razones. Y las dio. En una conferencia de prensa que había decidido convocar, junto con su fiel colaboradora y jefe de gabinete, Olivia Bandrés, unas horas después del atentado de ETA en Legutiano. Dijo lo mismo cuando tuvo a Rajoy, frente a frente, en una reunión privada con el PP vasco en Vitoria, después de haber visitado la capilla ardiente del guardia civil asesinado, Juan Manuel Piñuel.
Nicolás Redondo
Hay quién recuerda situaciones de crisis vividas, anteriormente, en el PSOE vasco. Más que con Rosa Díez, con Nicolás Redondo sobre todo. Cuando dimitió el dirigente vizcaíno, casi nadie de los suyos entendió sus razones. Sólo el tiempo demostró que se estaba tejiendo, por encima de él, un cambio de línea política. Y que él no servía ya al PSOE para defender lo contrario de lo que había sostenido en su línea de alianzas con los constitucionalistas. Lo percibió a tiempo y se apartó. Habrá que esperar al congreso de junio para saber si en el PP está ocurriendo algo similar con María San Gil.
Lo que parece claro es que esta resistente del PP y de Basta Ya, que ha llevado la voz cantante de la oposición al lehendakari Ibarretxe en el Parlamento vasco, no tirará la toalla mientras le garanticen que su partido sigue manteniendo sus esencias. Seguramente ella no habría hecho el discurso que hizo Rajoy en el Congreso de los Diputados cuando ofreció su mano tendida al presidente Zapatero para lucha contra el terrorismo. Algunos de los que la rodean y critican se están imaginando ya en la rueda de la sucesión. Pero Rajoy sigue diciendo que no tiene mejor dirigente que María San Gil. Por si acaso. Sabe que si ella abandonase, el PP vasco podría sufrir un golpe letal.
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