El comportamiento de las administraciones públicas con respecto a los desperdicios urbanos ha sufrido un cambio radical en apenas 30 años. Hasta finales de los 70, la basura era contemplada únicamente como un residuo molesto que era necesario eliminar de la forma más rápida, cómoda y barata posible. «Las únicas excepciones eran los sistemas de devolución y retorno de los 'cascos', las botellas de vidrio vacías de productos como la leche y los refrescos», indican expertos del Gobierno vasco. Sin ningún atisbo de recogida selectiva ni una preocupación excesiva por el respeto al medio ambiente, los ingentes vertidos se realizaban con escasas garantías, en ocasiones, en escombreras incontroladas que no reunían condiciones mínimas.
En la década siguiente, se generalizó el control de los vertederos y se comenzó la apuesta por la recogida diferenciada de los materiales más fácilmente reciclables. Primero, el vidrio y después, el papel y el cartón. Aparecen en esos años en Euskadi los primeros contenedores de reciclaje y se empieza a demandar a los ciudadanos un cambio de hábitos en lo referente al cubo de la basura. En lugar de uno por hogar, se trata de concienciar para que existan tres. O, al menos, dos.
En los 90, ya se constata que la «la gestión de los residuos urbanos evoluciona hacia procesos cada vez más respetuosos con el entorno», certifica un informe histórico del Ministerio de Medio Ambiente. Se intensifica en todo el país la apuesta por el reciclaje, con la progresiva colocación de contenedores en las diferentes comarcas de Euskadi y se introduce el tercer depósito, el amarillo -para envases y plásticos-, derivado de la Ley de Envases de 1997. Las cocinas de las nuevas viviendas son demasiado pequeñas para tanto cubo de basura, pero el mensaje cala y el País vasco se sitúa a la cabeza de las comunidades autónomas españolas en materia de recogida selectiva.
Entrado el nuevo siglo, es tiempo de revisar la política de gestión en su totalidad y adaptarla a las nuevos retos. Esta es la década de la construcción de las infraestructuras del futuro -plantas de tratamiento biológico e incineradoras, unas aceptadas por el movimiento ecologista y muy criticadas las otras-. La que viene será del 'vertido cero' y la reutilización del grueso de los desperdicios urbanos. El reto, de hecho, es que los hogares comiencen a separar en origen la materia orgánica -los restos de comida o de plantas- para que sea sometida a procesos de compostaje. «Ya hemos empezado con las primeras experiencias», apunta Iñaki Susaeta, técnico de Ihobe, el organismo ambiental dependiente del Gobierno vasco . «Pero es la gran asignatura pendiente».