La UPV/EHU procederá a la elección de su rector en un plazo breve. Todos los universitarios estamos llamados, con ese motivo, a depositar nuestro voto en las urnas. La posibilidad de elegir, de manera libre y responsable, a los dirigentes de una institución, es una de las mayores conquistas en las sociedades democráticas, y es un signo que caracteriza de manera inequívoca la salud de una sociedad. Deberíamos alegrarnos por ello.
En esta ocasión, a diferencia de otras anteriores, se presenta un solo candidato, Juan Ignacio Pérez, que es el actual rector. No es bueno: es mucho más sano que haya varios candidatos, pero el hecho es que nadie se ha presentado, o bien porque han faltado ganas, o bien porque se ha mostrado una incapacidad manifiesta para poder presentar los documentos pertinentes en los plazos que marca la normativa vigente. Todo el mundo conocía, con una antelación aproximada de cuatro años, y aquí no hay excusa que valga, qué es lo que había que hacer para presentarse: dónde están los centros, dónde los registros, dónde se pueden encontrar candidatos a vicerrector, cómo se puede redactar un programa y cuáles las fechas para entregar la documentación. Por las razones que sean, sólo Juan Ignacio Pérez ha sido capaz de entregar la documentación requerida. Al presentarse un solo candidato se puede generar un problema que acabe alterando de forma notable el sentido último de unas elecciones de estas características: un sistema diseñado para elegir a una persona entre varios candidatos, se puede convertir en una especie de referéndum que intente juzgar la labor realizada por el equipo rectoral durante los últimos años, mezclando de este modo procesos que deberían corresponder a tiempos e instancias diferenciadas. Ésta es una perversión clara del sistema. Interviene, también, otro factor coyuntural: un solo candidato, máxime si es el rector en ejercicio, invita a tomarse esto del voto con demasiada tranquilidad. ¿Para qué vamos a perder un minuto con este tema, si va a salir el que va a salir? Con lo cual, el, llamémoslo así, voto institucional no encuentra demasiados alicientes, mientras que el voto militante, apuntado siempre al 'no', es mucho más activo. Peligro, por tanto, de poca participación, y de que el interés de quienes participan se manifieste de forma muy sesgada.
Algunos sectores han manifestado de forma pública que van a votar en contra de Pérez. Arguyen para ello diversas razones: desde argumentos sindicales hasta otras razones que muestran un profundo desconocimiento de los mecanismos de gestión en la vida universitaria. Achacar a la universidad la culpa del embrollo generado en la asignación de complementos es desconocer que esas decisiones se han tomado en ámbitos en los que los representantes de la UPV/EHU constituían una clara minoría. Y que se han tomado, además, con unos criterios no compartidos por éstos, en términos generales. Habrá que pedir cuentas, por tanto, en la ventanilla correspondiente, que no es precisamente la del registro de la Universidad. Esa forma de ver las cosas, si se extiende al resto de actividades universitarias, supone una peligrosa simplificación de la realidad. Hacer demagogia con el tema del euskera revela con claridad, o bien la no aceptación de una sociedad bilingüe, o bien el desconocimiento de una legislación a la que estamos obligados... también los universitarios. Reclamar que no se marchen cerebros privilegiados, o que vengan los que vagan como alma en pena por el mundo, recoge un sentir compartido (quiero que pensar que por todos) en la comunidad universitaria, pero el cumplimiento de ese deseo no depende del rector. ¡Qué más quisiera! Las cosas serían mucho más sencillas para él si eso estuviera en sus manos. La UPV/EHU es una institución compleja, que debe funcionar de acuerdo a una normativa asfixiante generada de forma inclemente por los distintos ministerios que han regido nuestros destinos durante años, y que se basa en el principio no escrito de que los universitarios somos, salvo que se demuestre lo contrario, una especie peligrosa. Esto, afortunadamente, está cambiando algo en los últimos tiempos. Por tanto, es conveniente distinguir siempre entre lo que es del césar y lo que es de Dios, también en estos temas.
Juan Ignacio Pérez habrá teni do aciertos y desaciertos, como sucede con cualquiera que asume la responsabilidad de gobernar. No voy a juzgar su gestión, ni debo hacerlo, porque creo que quienes hemos tenido responsabilidades similares debemos aprender a aceptar que ya tuvimos la ocasión de hacerlo de forma inmejorable. Que ahora son otros. Pero lo cierto es, y esto es difícil de negar, que la Universidad está hoy mucho más asentada que hace unos años, que dispone de bastantes más medios y que existe una calma general que puede hacer más apacible y fecunda la vida universitaria, aunque tengamos en la mesa retos de compleja solución. Que la Universidad está mejor, vaya. Instar al voto negativo indica, en este contexto, un punto de irresponsabilidad institucional, porque esto no es un juego: lo peor que le puede suceder a una institución es que quede descabezada durante meses.
No se trata de impedir el ejercicio de la libertad, sino de fijar los límites de la responsabilidad y de asumir las consecuencias que comportan determinadas decisiones tomadas de forma libre y voluntaria. Una vez que nadie se ha presentado, es absolutamente injusto pretender tumbar a quien sí lo ha hecho. Una decisión tomada de forma libre, la de no presentarse o promover una candidatura cuando ha habido ocasión para ello, acarrea consigo una consecuencia añadida en este caso, cual es la de aceptar, no sé si con alegría o más bien con un poco de humildad, que el voto negativo es difícilmente justificable en estas circunstancias: existen intereses generales muy superiores a los que nos pueda pedir el cuerpo.
Tengo amistad, desde hace años, con el actual rector. Pero no es eso lo que me ha llevado a escribir estas líneas que ni siquiera él conoce. Me mueve a hacerlo más bien la lealtad hacia una institución que no puede quedar abocada a una parálisis y a afrontar los problemas enormes que se pueden derivar de una gestión provisional que se alargaría durante meses. Quienes llevamos algunos años aquí conocemos bien las graves consecuencias de estas situaciones, que no son ajenas en nuestra historia. Se trata, seguramente, de una posibilidad más remota que real, pero es conveniente advertirlo. Algo así sería gravemente perjudicial para la UPV/EHU en estos momentos. O, lo voy a poner de forma más explícita, eso es mucho más perjudicial para la Universidad que la opción de Juan Ignacio Pérez. Por eso creo que la comunidad universitaria debe asistir en masa a las urnas. Y que debe hacerlo con dos papeletas: 'sí' o blanco. Se trata, quizás, de una ocasión magnífica para demostrar que, en efecto, también aquí somos institucionalistas.