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Sociedad

REPORTAJE
El desembarco de baldellou
Lugers y Colts, balas de fogueo, pirotecnia, jeeps, blindados... ¡Al asalto!

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Suenan hits de los 40, canciones de Bing Crosby y Doris Day. Alegres musiquillas bávaras. Aliados y alemanes corren por el barro para guarecerse del diluvio. El ondulante terreno del pueblecito oscense de Baldellou recuerda a Normandía. Suaves colinas, muretes de piedras, verdísima yerba, bosquecillos... El fin de semana pasado llovió allí como durante la operación del desembarco, el 6 de junio de 1944: fueron 4.000 barcos, miles de pequeños navíos y 11.000 aviones descargando en las cinco playas con nombre en clave -Omaha, Utah, Sword, Gold y Juno- un enorme contingente de soldados destinados a liberar la Francia ocupada. A escala mucho más pequeña, Baldellou fue tomada el domingo por 150 hombres con uniformes de la II Guerra Mundial.
Son los 'reenactors', poco conocidos aquí ya que España justo empieza a acoger un fenómeno que nació en Europa en los 70: el 'reenactment', recreación de conflictos como éste, nuestra Guerra Civil, la de Secesión estadounidense, las contiendas napoleónicas... y también legiones romanas, caballeros medievales, el Oeste americano... Dicen los que sucumben a este original y caro hobbie que les arrebatan la historia y los filmes bélicos. Y, vaya, es cierto que esto es como un rodaje.
La última media hora de 'Salvar al soldado Ryan' está llena de 'reenactors' haciendo de alemanes de la XII Panzer Division; son los británicos del Second Battle Group, que tenían pensado estar en Baldellou, aunque al final no pudo ser. Uno de sus tanques exhibe aún una rotura de recuerdo por un explosivo mal colocado en una secuencia. Pero no son los únicos; muchos cineastas abaratan costes gracias a ellos: perfectamente equipados y con vehículos originales desempeñan su papel a la perfección: gestos, saludos, la forma de desfilar... Todo.
SÁBADO BAJO EL AGUACERO
El coche llega a Baldellou bajo el aguacero y es desviado hacia una explanada por un soldado alemán que bloquea la carretera. El efecto resulta transportador en el tiempo. La lluvia descarga sobre las tiendas instaladas en una campa embarrada y sacudida por el viento. Ha deslucido el encuentro en esta zona azotada por la sequía. En un hangar-granero, alemanes y aliados esperan que escampe. Un mercadillo ofrece uniformes -la mayoría, réplicas-, máscaras antigás, teléfonos de campaña, porcelana, armas... Habrá que tener conocimientos suficientes para distinguir las piezas originales de las que no lo son. Un traje de verdad cuesta entre 1.000 y 3.000 euros, mientras que uno fabricado en China sale por 300, más 80 del casco.
Los participantes vienen sobre todo de Cataluña, Aragón y Madrid. Los polacos, jóvenes de ojos azules y rostro pálido e inexpresivo, parecen sacados del NO-DO. También hay vascos, perfectos como paracaidistas alemanes. Fueron los únicos españoles -junto con La Nueve del bando aliado- invitados el pasado año a Normandía para celebrar el desembarco. Cuenta Jaime, fundador del grupo, que un anciano quedó «maravillado» al verles: «No podía hablar de la emoción y pidió probarse una de nuestras chaquetas, que señalaba con interés. Y, de repente, ¡nos enseñó una foto donde se le veía de joven con el mismo uniforme! Era un veterano». Jaime y los suyos visten réplicas exactas -las piezas auténticas son para grandes ocasiones- que les hacen en China con sus indicaciones: chaqueta gris con medallas colgadas bajo el bolsillo y pantalón verde de lana, camisa azul... Jaime lleva un auténtico reloj de soldado alemán; en la parte de atrás, el metal lleva grabadas las siglas DH y un número de serie (350 euros sin correa).
IDEOLOGÍAS APARTE
Los vascos acaban de restaurar una BMW R75 con sidecar que compraron a un coleccionista que la había traído de Lituania; ahora podría valer unos 6.000 euros. Jaime enseña un portamapas auténtico con una carta de un suboficial alemán que, destinado en Polonia, dirige cariñoso a su mujer. Este 'reenactor' de Sopelana se inició como muchos, pintando soldaditos: «Empiezas a leer, a entender, y te dices que eso a pequeña escala lo puedes hacer en grande». ¿Por qué paracaidistas alemanes (diablos verdes)? «Me compré un casco de paraca y ya fui a por más piezas». Luego puso un anuncio para formar grupo. Así contacto con Jesús. El cartel decía: 'Si quieres hacer reconstrucción sin ideología y de paracaidista alemán, llama'.
Prefieren no aparecer con sus caras: «En Euskadi lo de ir de alemanes no se entiende, nos dicen que si somos nazis. Si fuéramos aliados sería diferente. Pero esto no tiene nada que ver, la ideología se deja fuera». Es por esto que en España lo de los 'reenactors' cuesta. «Más difícil aún es ir de falangista, la cosa está muy reciente». Aun así, el 1 de junio se escenificará una batalla del Frente de Aragón en Torre de Arcas (Teruel). «En Europa lo entienden. Saben que hay que conocer el pasado para no repetir la historia. Y necesitamos dos bandos. Aunque en Francia has de taparte la esvástica. Y en Alemania están prohibidos estos actos», comenta Jacobo.
El madrileño Antonio Rodríguez, embutido en un traje de las SS, explica desde la trinchera que esto «no hay que sacarlo de lugar. Es puro divertimento. Voy de las SS porque mis amigos eligieron este grupo. Igual mañana somos aliados». Entre 'reenactors' no hay problema con el cambio de bando.
GUDARIS Y VAQUEROS
Jaime y los suyos están inmersos en otra aventura, crear un grupo de gudaris: «Hemos pedido al Museo del Nacionalismo documentación sobre la ikurriña y buscamos correajes para los uniformes». A alguno le costará entender tal apasionamiento bélico: «Somos los que más en contra estamos de la guerra. Hemos leído mucho y sabemos bien lo que supone», dice Jesús.
Cinco (catalanes) americanos de las OSS -el primer servicio secreto, antecesor de la CIA- son los únicos con pelo largo y barba, permitidos por su carácter especial. Pero escoger una unidad así tiene su misterio: «Es que nosotros somos, además, 'reenactors' del Oeste», confiesa Joan Antoni Delforn con su pinta de Buffalo Bill, junto a su hijo Alex de 17 años. Jaume Bordas se ha traido al suyo, Jordi, y al amigo Jofre Trubat. Un buen hobbie intergeneracional.
Con los diablos verdes vascos están los rojos, paracaidistas británicos catalanes como Joan Cuixart, asesor fiscal de 69 años que lleva tres décadas recuperando uniformes auténticos de 1909 a 1973. Se exhiben en el Museo Militar de Montjuic: «Me encanta rebuscar en mercadillos, rastros... Compré una chaqueta escocesa de 1913 a la que sólo le quedaba un botón de los 22 que llevaba. Tardé dos años en completar la botonadura. Uno a uno».
Y SALIÓ EL SOL EN MORTAIN
Este año, el segundo que Baldellou acoge este evento, la batalla recreada es la de Mortain, librada entre el 6 y el 11 de agosto de 1944: los aliados avanzaban hacia los puertos de Bretaña; los soldados de Hitler contratacaron y tomaron Mortain, pero fueron detenidos. La elección no tiene mayor relevancia que la de alternar el protagonismo de los bandos. Organizar esta cita cuesta unos 12.000 euros, la mitad para traer los vehículos pesados, en este caso seis, desde Madrid: dos camiones semioruga, uno alemán y otro aliado -como los que usa el ejército israelí; éste es auténtico y puede costar 25.000 euros-; dos camiones y dos cañones, uno antiaéreo a pleno funcionamiento y otro anticarro. Seis jeeps y tres motos con sidecar.
Y el domingo amaneció soleado. En la zona de campamentos suena de nuevo Bing Crosby. El paseo permite contemplar campos de minas, trincheras con sacos de arena, carteles de carretera, alambradas, redes de camuflaje, jeeps Willis, los semiorugas, ametralladoras, fusiles de asalto, Lugers, Walthers P-38, Colts 1911... El coleccionista de coches antiguos Javier Martínez está reconstruyendo un jeep de los que estuvieron en el desembarco de Normandía. Pieza a pieza. Así funciona esto. Un grupo de alemanes pasa revista; se oyen gritos de 'Achtung! Still gestanden! (atención, firmes)'. Tienen hasta una botella de tinto Saint Etienne de 1939.
LA PELÍCULA... ¡ACCIÓN!
Las campanas de la iglesia dan las doce. El organizador, Albert Sangenis, termina de dar órdenes por el walkie-talkie. Los viejos miran desde las ventanas. De pronto, suenan tiros y aparecen las motos con sidecar. Los alemanes atacan por dos frentes, unos llegan en camión por delante del pueblo, el resto por detrás. Ganan posiciones. La refriega se encona en la calle de Abajo, ante de una casa construida en 1936. En la plaza de Nuestra Señora de la Asunción caen los primeros soldados. «El mejor 'reenactor' es el que muere. Hay auténticos especialistas en elegir el modo y el momento. Aunque siempre está el típico 'inmortal' que no cae ni a tiros...», dice Albert. La gente persigue a los soldados entre el ruido y el humo y llena sus bolsillos con los casquillos. Se tapan los oídos. Ríen. «¡Genial!», salta una chica. «Menos mal que es de mentira, que si no daría un miedo que te cagas», dice otra.
Sebastián Tomás Gabá tiene 63 años: «Esto le viene bien al pueblo, es bonito. ¿Vestirme yo así? Quita, que sufrí 18 meses de mili en Zaragoza». En la plaza Mayor ya hay prisioneros, de rodillas y manos detrás de la cabeza; el estruendo de los balazos rebota en los montes, los alemanes van ganando y... Se acabó. Salva final. La gente lanza tres hurras por los 'reenactors' y éstos aplauden al pueblo. Se encontrarán aquí el año que viene, aunque antes se verán las caras en noviembre en Castellón. Como dejó escrito en la página de la Asociación Catalana de Coleccionismo de Uniformes Históricos (ACCUH) uno de los participantes: «Por mucho frío y viento, no hay nada comparable a hacer lo que me gusta con otros cien compañeros. Notar la lluvia resbalando por el casco mientras marchas por un camino lleno de barro te hace estar algo más cerca de lo que debieron sentir aquellos soldados».
Porque detrás de tanta diversión, tantos hurras y salvas, hay que recordar a los que nunca la han vivido que la guerra es como la contó Dalton Trumbo en 'Johnny cogió su fusil'. O como lo hizo el alsaciano Guy Sajer, que luchó con el ejército alemán, en su autobiografía 'El soldado olvidado': «Gritos de terror profundo salían de nuestras gargantas (...). El aire a nuestro alrededor estaba lleno de polvo que volaba, mezclado con fragmentos de metal y fuego. Kraus y uno de los recién llegados fueron sepultados por un deslizamiento de tierras antes de que supieran qué les había ocurrido. (...) Empecé a aullar como un loco. Hals presionaba su cabeza sucia contra la mía, y nuestros cascos chocaban juntos por las sacudidas como dos latas de comida. La cara de Hals estaba transfigurada por el terror. Esto es... el... final».
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