Julio Llamazares es un escritor de ritmo lento, sosegado de modo que cada libro suyo tiene algo de caremonia literaria. Su nuevo título, 'Las rosas de piedra', contiene grandes espacios sobre Logroño, Calahorra y Santo Domingo y va de catedrales.
-¿De dónde viene su fascinación por las catedrales? ¿Acaso por su condición leonesa, donde está ubivada uno de los bellas bellos templos de España?
-Pues seguramente. La primera vez que la vi fue con ocho o nueve años.
-Recupera la literatura de viajes, pero lo suyo no ha sido un paseo turístico.
-Ni turístico ni paseo. En este libro incluyo 45 catedrales de la zona norte, de Madrid hasta arriba y de Galicia a Cataluña. Al final serán 75. Habré hecho ya no menos de 3.000 kilómetros.
-Viajar es un placer?
-Én mi caso, sí, y también escribir y, si lo sumas y encima todo lo giras en torno a las catedrales, esas maravillosas cajas de música, de historia, de sentidos y vocaciones, pues ya sido para mí un placer elevado a su enésima potencia. Es un privilegio poder haber hecho este libro.
-Abundan los diálogos callejeros.
-Las catedrales son el pretexto para viajar y un país lo componen el paisaje y el paisanaje.
-Su cuarto libro de viajes.
-Sí, en uno seguí el curso de un río, otro siguiendo la zona portuguesa de Tras Os Montes, pero el sentido de la literatura de viajes siempre es es el mismo. Lo importante es que la gente se sienta identificada, reflejada.
-A fe que lo consigue. Empieza su viaje a Calahorra con lo de que que parece Washington...
-Claro, no intento hacer un inventario de catedrales, ni una guía artística, ni arquitectónica, aunque las describo. Mi objetivo es contar a través de las catedrales este país. Ellas son el alma de las ciudades, son libros abiertos y, cuando las lees o las deshojas, como alude el título del libro, 'Las rosas de piedra', es para la búsqueda del perfume final, el alma de la caja negra de la catedral. Acudes a múltiples referencias, desde el cancionero a la gente que te encuentras por ahí.
-45 catedrales visitas hasta ahora. De ellas, ¿cuál le ha impactado más, y cuál ha encontrado en peor estado?
-Me fascinan todas por lo que tienen de caja o campana de piedra en la que se ha parado el tiempo y entras en cualquiera de ellas. Entras en un espacio diferente al margen de místicas o de religiosidad, que yo no la tengo. Son lugares fuera del mundo, pero que a la vez reflejan el mundo en el que estamos. Casi todas las conocía, de modo que ninguna me ha impresionado en especial.
-¿Cómo encontró la catedral de Calahorra?
-Bastante polvorienta y un poco dejada de la mano de la Diócesis. Sin embargo, vi muy cuidada la de Santo Domingo, quizá porque está en el camino de Santiago y pasan muchos peregrinos que garantizan más ingresos. La de Calahorra es una de las pocas que están extraamuros, fuera del casco urbano. Las de Ciudad Rodrigo y Albarracín están bastante dejadas.
-¿Su condición de no creyente le ha dado una mirada no distante, pero sí distinta a la arquitectura religiosa?
-La mirada es más trasparente. No voy con prejuicios de ningún tipo. Soy un no creyente en sentido amplísimo, no sólo en la religión católica. No soy creyente ni tampoco soy descreyente. Y tampoco creo en esas nuevas religiones tan de moda de misticismo, telúricas, masonerías, templarios.