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Sociedad

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El milagro de Sofía
La madre de un gran prematuro recuerda cómo vivió los primeros meses de su hija, una niña que pesó 810 gramos
01.06.08 -

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Sofía es una valiente. Lo demostró durante los tres meses que estuvo ingresada en la Unidad de Neonatos del hospital de Cruces -a la que sus familiares nunca estarán lo suficientemente agradecidos- y «lo sigue haciendo» cada día en su casa de Getxo. A los padres de la pequeña se les cae la baba sólo con mirarla. «Es que es un milagro», reconoce la madre de la criatura. No es para menos. Su historia es la de decenas de bebés que cada año nacen en el País Vasco en el límite que separa la vida de la muerte. Son los llamados grandes prematuros. Protagonistas de una lucha sin cuartel a la que se tienen que enfrentar para poder superar las numerosas limitaciones físicas con las que nacen.
Marta, la madre de Sofía -ambos nombres ficticios-, sabe mucho de eso. Su hija nació a las 28 semanas de gestación en Cruces. Pesaba 810 gramos y no tenía fuerzas ni para respirar. «Recuerdo que era como un pollito. Estaba llena de tubos por todas partes y sus piernecitas no abultaban más que un dedo de mi mano. Nos temimos lo peor, pero afortunadamente todo se ha quedado en un mal sueño», explica la orgullosa mamá. La «barriguitas», como llamaban las enfermeras de la Unidad de Neonatos a la pequeña, ya tiene seis meses, ha ganado mucho peso y no para de sonreír cada vez que alguien se acerca para hacerle una monería. «Es guapa, ¿verdad? Con lo que ha sufrido la pobrecita y fíjate ahora. Está para comérsela», interviene la abuela.
Hoy es el día en que toda la familia se entretiene con sus gracias, pero las primeros semanas de vida de Sofía no fueron nada fáciles. Todo lo contrario. Su madre las recuerda como «una especie de pesadilla» de la que le resultaba imposible despertarse por más que se empeñase en pensar que todo iba a salir bien. «La incertidumbre es tan grande que te duele el cuerpo de lo que llegas a sufrir por la niña. El mes que estuvo en la Unidad de Cuidados Intensivos fue atroz», explica.
«Nos moríamos las dos»
Los problemas empezaron cuando Marta cumplió su sexto mes de embarazo. De un día para otro empezó a encontrarse mal y decidió ir al Servicio de Urgencias de Cruces, donde quedó ingresada. «Todo el personal me trató con muchísimo cariño, pero las circunstancias eran horrorosas. Me dijeron que si no me provocaban el parto esa misma noche podíamos morir las dos», recuerda con angustia. «Todas las posibilidades que me planteaban eran terribles», pero el jefe de Obstetricia -el doctor Fernández-Llébrez- «se la jugó y acertó. Me dijo que cada día que el bebé aguantase dentro aumentaban un 3% las posibilidades de que la niña saliese adelante». Y así fue. Dos días después nacía Sofía. «Chiquitina. Muy chiquitina».
Lo que más asusta a los padres de los grandes prematuros son las posibles secuelas que puedan tener los niños como consecuencia de su inmadurez. «No sabes si oyen o pueden ver. Si van a poder andar correctamente o ser discapacitados intelectuales... La incertidumbre es tremenda. Había veces que tenía a Sofía en brazos y dejaba de respirar. Así, sin más. El simple hecho de comer, por ejemplo, era todo un drama», explica Marta. Pero ahí estaban las enfermeras de intensivos para echar una mano en lo que hiciese falta. «Te ayudan en todo y tratan a los pequeños como si fuesen de su familia. La verdad es que sólo tengo buenas palabras».
Tres meses después, Sofía pasea plácidamente en su carrito por las calles de Getxo, acompañada por su madre y su abuela. Va una vez a la semana a clases de estimulación temprana y se ha convertido en el ojito derecho de toda la familia. «No es que la quiera más o menos que a su hermana. La quiero diferente», se sincera Marta.
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