Bueno, sí; la cita de Bette Midler sigue siendo cruel pero exacta: «Cuando en Nueva York son las tres de la tarde, en Londres sigue siendo 1938». Y es que la vanguardia londinense convive con el decimonónico ceremonial del 'te darjeeling' que se acompaña de galletas de genjibre en la solemnidad tradicional del Dorchester, con un elegante limpiabotas en los almacenes Selfridges que sólo oficia con zapatos clásicos y hasta con el afeitado en seco de Geo F Trumper de Jermyn Street, cuyo viejo ceremonial se inventó mucho antes de que surgieran los metrosexuales contemporáneos.
Eso sí, puestos a resaltar su modernidad globalizada, debe afirmarse que seguramente Londres es la ciudad más india fuera de India, más antillana o jamaicana fuera del Caribe o más meridional en medio de lo menos meridional. Quiere esto decir, por supuesto, que en el fastuoso restaurante Hakassan se puede tomar un dim sum con vino blanco de Santorini o con el mejor tinto de Rioja. Y también, claro, que la cadena Hyatt ha colonizado los mejores hoteles del Mayfair, que Armani sirve té con pastas minimales en la cafetería del segundo piso de su Emporio en Knightsbridge o que Al Fayed se jacta un día sí y otro también de ser al mismo tiempo el dueño de Harrods, el emperador de un supermercado que tiene la mejor casquería inglesa y un ciudadano egipcio al que no le dan el pasaporte británico.
Cosas del destino colonial, de la grandeza del imperio, supongo, que en ningún caso desdicen un añejo cosmopolitismo ciertamente compatible con la innovación y la vanguardia. Lo demuestra todos los días Sir Terence Conran, el gran gurú del diseño británico, que ha hecho de la modernidad una etiqueta vanguardista con pronunciación en francés o en italiano, como en el Coq d´Argent en el Canary Wharf o el Sartoria en pleno Savile Row, donde los sastres se han cambiado por camareros, los probadores por un espacio minimal de colores tenues y el traje de raya diplomática por unos fetuccinis regados con vino siciliano.
Lleno de chicos bien
Contraste supremo, desde luego, si la fusión vanguardista se compara con el estricto vestir 'british' de la City, con la opulencia anglosajona de las casas de Belgravia o con esos abrigos tres cuartos de color beige y cuello negro que llevan los 'sloanies', es decir, los chicos bien de Sloane Street que entran y salen de Harvey Nichols o de Hackett. Nada que ver, tampoco, con la modernidad del Dover Street Market, donde la vanguardia de Rei Kawakubo, Alber Elbaz o Hedi Slimane disputa el imperio de la contemporaneidad con las lanas escocesas, las 'slippers' de etiqueta, los solemnes zapatos Church o las libretas y agendas Simpson que venden en Burlington Arcade o en las mejores tiendas de New u Old Bond Street.
Contrastes refinados o, dicho de otra manera, renovación contenida en una urbe tan vetusta y a la vez tan moderna como para convertir un viejo almacén portuario de Chelsea en un emporio del diseño, la imponente sobriedad de la British Academy en un ejemplo del 'high tech' con firma de Foster y, Londres entero, sí, en una ciudad que marca las horas atrasadas del reloj con una estudiadísima tecnología de vanguardia. Una vanguardia que también permite al pasado permanecer en el presente, en una contemporaneidad de viejos aunque mutables principios morales y estéticos.
Mañana
El Mediterráneo en descapotable: Nerja Por ÍÑIGO DOMÍNGUEZ