Desde la Antigüedad la melancolía ha gozado de alto prestigio artístico. No hay que esperar a los románticos del XIX, ni siquiera a los frágiles trovadores rendidos a la pesadumbre del amor imposible en el Medievo, para encontrar testimonios de esa valoración. Ya mucho antes Aristóteles asociaba el carácter melancólico con la propensión al arte y se preguntaba por qué todos los hombres de su tiempo que habían brillado especialmente en filosofía y poesía eran melancólicos. Desde cierto punto de vista la melancolía es una tristeza refinada, un estado del espíritu en el que el dolor queda compensado con la oscura satisfacción íntima de cierto bienestar que se deriva de la aureola estética con que poetas y novelistas la han adornado tradicionalmente.
Sin embargo, hoy la ciencia nos aporta nuevas herramientas para interpretar el complejo mapa de nuestras emociones, sentimientos y estados de ánimo. La ciencia nos dice que eso que llamamos melancolía puede ser perfectamente una depresión. Y a la depresión hay que enfrentarse con algo más que resignación poética. Aunque sólo sea para reducir el efecto de una plaga tan devastadora, a la que los vaticinios de los especialistas sitúan como la segunda causa de discapacidad en Occidente en 2020.
En realidad, los primeros en describir la melancolía ya lo hicieron con tintes tenebrosos. 'Melancolía' es un término griego que se traduce como 'bilis negra', uno de los cuatro humores constitutivos del organismo humano según Hipócrates. Siglos más tarde, Tomás de Aquino se referirá a ella llamándola también «acedia», conectada con la tristeza, la aflicción y la desesperación por un lado, y por otro con la negligencia, la pereza y el abandono. En parte enfermedad, en parte pecado, la melancolía fue considerada en todo caso algo reprobable. En su libro 'Cultura y melancolía', el sociólogo mexicano Roger Bartra ha analizado recientemente cómo ese concepto complejo de melancolía se expandió por la Europa de los siglos XVI y XVII debido en gran medida a las aportaciones culturales españolas, desde el 'Libro de la melancolía' del doctor andaluz Andrés Velásquez hasta el 'Examen de ingenios' del bajonavarro Juan Huarte de San Juan. Basta mirar a uno de los emblemas de la cultura española del Siglo de Oro: ¿no es don Quijote, en definitiva, un producto melancólico, no tanto por su delirio como por el sentido trágico-heroico de la existencia que rige sus ideas y sus arrebatos?
En su colosal 'Anatomía de la melancolía', Robert Burton la definió como «un tipo de locura sin fiebre, que tiene por compañeros comunes el temor y la tristeza, sin ninguna razón aparente». Tal vez la diferencia entre melancolía y tristeza radique en eso. La tristeza sobreviene por una causa concreta, mayor o menor, grave o leve. Nos encontramos tristes a consecuencia de una desgracia, un infortunio, un daño. Está triste la persona que ha perdido a un ser querido y lo está también, en un grado infinitamente menor, el que no puede acudir a una fiesta porque no le permiten ausentarse de su trabajo. La tristeza dura un tiempo y luego desaparece por sí sola o cuando otros acontecimientos vitales nos devuelven a la normalidad o nos procuran alegría. El melancólico, en cambio, tiende a teñir de oscuridad emocional todos sus sentimientos con independencia de la situación que atraviese. Eso no significa que no haya melancolías pasajeras: las inspiradas por la lluvia en el otoño o por la evocación lastimera de un pasado irrecuperable, por ejemplo. Pero en estos casos no cabría hablar en rigor de motivos, sino de escenarios. La lluvia, los recuerdos, son más bien el telón de fondo del malestar melancólico, pero no su causa.
De ahí que a menudo tengamos la impresión de que el melancólico busca deliberadamente esa especie de amarga dulzura como un cobijo para arroparse en él y donde rumiar su pena. La aflicción melancólica tiene indudables ventajas: una de las no menos interesantes es que conduce a la inacción, y con ella dispensa de responsabilidades. Es la justificación del derrotado, la del que ha decidido renunciar a ser feliz como si de esa manera ya no tuviera que rendir cuentas de sus decisiones.
En su poema '1964' Borges hablaba del «goce de estar triste»: el estado de infelicidad y de abandono en que «un símbolo, una rosa te desgarra / y te puede matar una guitarra». ¿Cómo no sucumbir a los encantos de esta forma de melancolía tan insidiosamente hermosa? Al fin y al cabo, también ella tiene algo que decirnos. Los estados de postración anímica no sólo han dado lugar a creaciones artísticas formidables, sino que incluso propician cierta forma de concentración intelectual parecida a la agudeza: el melancólico ve más cosas que el jubiloso. Es cierto que paraliza las acciones, pero a cambio invita a la reflexión, a la meditación, al pensamiento. Y, si bien cabe dudar de la imparcialidad de esos pensamientos porque tienden a lo sombrío y lo negativo, tampoco puede negarse que en ocasiones ayudan a entender el mundo. Así lo apreció Gérard de Nerval al definir la melancolía como «una enfermedad que consiste en ver las cosas tal como son».