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A manece y el cobrador del frac se ajusta la pajarita frente al espejo. Tiene por delante una jornada movida. La crisis arrecia, el dinero no circula y el número de morosos aumenta: el negocio del cobro de impagos va como nunca. Ya en la calle, el cobrador piensa en el día que le espera y ensaya un par de pasos de claqué, estilo Fred Astaire.
Algo parecido le ocurre al dueño de la tienda de compraventa de objetos usados. Él también está en buena racha y sube la persiana de su negocio con un ímpetu desconocido. Con la crisis, mucha gente necesita dinero en efectivo y lo obtiene desprendiéndose de joyas, ropa y electrodomésticos que no les son imprescindibles. Por otra parte, cada vez son más los que, para ahorrarse unos euros, evitan las tiendas tradicionales y buscan lo que necesitan en bazares de segunda mano.
Nada nuevo bajo el sol. Entre Séneca y Montaigne nos dejaron claro que el daño de uno suele implicar el beneficio de otro. Al médico no le conviene que el prójimo esté sano, los arquitectos sonríen cuando una casa se deteriora, los magistrados celebran las disputas de los hombres, y los sepultureros aprenden pronto cuál es el lado provechoso de las epidemias.
Por supuesto, nada hay de malo en que alguien prospere cuando corren malos tiempos para el resto. Especialmente, si ese alguien realiza una actividad mínimamente honrada y no se dedica, por ejemplo, a la videncia esotérica, tolerada variante de la estafa cuyos beneficios suelen aumentar considerablemente en tiempos problemáticos.
No es el caso de nuestros amigos: el creativo perseguidor de morosos y el honrado comerciante de lo usado. Las cosas les van bien y los demás deberíamos ser cuidadosos con su felicidad. En su presencia podríamos intentar no hablar de recesiones, quiebras y expedientes de regulación de empleo. ¿Por qué aguarles la fiesta? Parecen tan contentos. Oh, fíjense en eso: el sonriente cobrador del frac pasa frente a la tienda de segunda mano y saluda a su dueño guiñándole un ojo y levantándose ligeramente la chistera.
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