Desde ayer, Oier, 5 añitos, quiere «ser rey». Fue reencontrarse con Melchor y olvidarse de los Torres, Casillas y Villa, por los que este niño vitoriano suspiraba desde que España ganó la Eurocopa allá por junio del año pasado. Es lo que tienen los Magos..., siempre capaces de sembrar ante ellos un nuevo sueño, una nueva ilusión. Porque, aunque «reyes sólo hay tres», le hicieron ver a Oier sus padres, «quizá si eres bueno, puedas ser su paje y llevar con ellos regalos a todos los niños del mundo».
Mascando la nada deshonesta propuesta se quedó el pequeño mientras, a su alrededor, una inmensa marea de niños estallaba en gritos y aplausos. Después de un largo año de espera, los Reyes estaban, al fin, frente a ellos. Eran las once y un minuto de la mañana cuando Melchor, Gaspar y Baltasar asomaban sus barbas por el vagón central del Intercity procedente de Oriente en la estación vitoriana. Al tranvía, esta vez, no le tocaba tan regia visita.
Instantes después, Sus Majestades iniciaban su triunfal paseo por Dato -estampa a escala del más concurrido de los paseíllos- a bordo de sendas glorias de la automoción. Melchor, en un Wyllys de 1929; Gaspar, en un Ford de 1927; y Baltasar, en un Citroën de 1922. ¿Su destino? El palacio de Villasuso, cuyo salón de actos se transformó ayer en una sala real de recepciones.
Pequeños pecados
En audiencia privada con sus hinchas, los monarcas escucharon con atención todos sus deseos. Y, pese a que la mayoría confesaban haber sido buenos, también se escuchó más de un arrebato de sinceridad. «Así, así...», respondió Maialen a Gaspar cuando éste le preguntó qué tal se había portado desde la última vez que la vio. «A veces le contesto mal a mi madre, pero luego me arrepiento», decía con la boca pequeña.
Torció entonces el gesto el rey de las barbas castañas para hacerle prometer que «eso no volverá a ocurrir». Maialen asintió, le plantó un beso y brincó de sus rodillas con la satisfacción que otorga el deber cumplido. Unai, 3 añitos, no pudo en cambio más que enmudecer cuando Baltasar le subió a su regazo. Después, el pequeño amagó en llanto pero, al final, los caramelos -mágicos, cómo no- del Rey evitaron el esperado berrinche.
Multitudinaria cabalgata
Y es que los dulces fueron un año más el mejor anticipo posible a los regalos. Tanto en la recepción real, como en la espectacular cabalgata que, ya por la tarde, volvió a empujar a la ensoñación a niños y mayores.
El desfile real repitió éxito de público y de participantes, con una comitiva integrada por más de 350 personas y siete carrozas espectaculares: las de los tres Reyes Magos, precedidas por las de Mortadelo y Filemón, Ratatouille, el robot articulado y Neptuno. Por lo demás, el ritual anual para miles de familias se saldó como era de esperar: con gritos, nervios y reclamos de atención para Sus Majestades.
«¡Mamá, mamá! ¡Me ha saludado, me ha saludado!», exclamó henchida Natalia al paso de la carroza de Melchor. ¿Significaría eso que el monarca más veterano tenía intención de atender todas sus peticiones? «Aunque muchas veces discuto con mi hermana, he sido buena y, además, saco muy buenas notas», remarcó la pequeña.
Por eso, Natalia estaba convencida de que en su zapato iba a encontrar hoy «casi todo lo que he pedido». A saber, «la Barbie Gira Gira, una bicicleta y maquillaje». Casi nada.
El desfile -que se completó con un nutrido cortejo de músicos, abanderados, caballistas y payasos- terminó por dinamitar, pasadas las ocho y media de la tarde, las energías de los miles de pequeños que hoy sacan jugo al día más mágico.