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EDITORIAL

10.01.09 -

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E l frío invernal se convierte cada año en noticia a causa de esporádicas nevadas que provocan el caos circulatorio en alguna parte del país. Los efectos que las precipitaciones de nieve generan en el tráfico rodado, y que ayer llevaron al cierre durante cinco horas del aeropuerto de Barajas, resultan incomprensibles para el ciudadano, que tiene razones para quejarse. Las previsiones meteorológicas no llegan a precisar la intensidad de una nevada en un determinado punto geográfico. Las alertas e indicaciones oficiales tienden a diluirse en medio de la diversidad de mensajes que llegan al público. Ello, junto al hecho de que muchos de los pronósticos más alarmantes no se cumplen y a la inclinación ciudadana a aventurarse en la carretera a pesar de las advertencias, conforma un cuadro difícil de administrar. Ni toda incidencia meteorológica es previsible, ni los inconvenientes generados por una nevada intensa tienen fácil solución.
Pero lo que resulta inadmisible es que toda precipitación de nieve sobre zona urbana o sobre cualquier vial, por moderada que sea, acabe provocando un caos indescriptible y, en el caso de ayer, paralizando una ciudad como Madrid. Todo ello agravado, además, por el carácter nuclear que tiene la capital en las redes de transporte y la incidencia que cualquier contratiempo en sus infraestructuras o servicios supone para el resto del país. Es el caso de los más de mil vascos, viajeros de autobús y pasajeros de vuelos cancelados, que se vieron afectados por las secuelas del temporal sobre Madrid. Víctimas de unas perturbaciones meteorológicas con afectaciones desproporcionadas. Los indicios de que en distintos lugares de España concurrieron fallos de imprevisión, reacción tardía, descoordinación y carencia de medios materiales y humanos exigen, cuando menos, una explicación responsable por parte de las instituciones competentes y más precisa que el evasivo «fallos de todos» de la ministra de Fomento, con la consiguiente adopción de medidas que eviten otro caos.
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