Superior en todo a su atribulado contrincante, el Baskonia impresionó especialmente desde más allá del arco de los 6,25 metros, la distancia mágica. Tanto en la arrancada como durante las fases de mayores apreturas, su idilio con el triple le libró del desencanto al tiempo que desplomó la ya de por sí tocada moral 'culé'. Ese 46% definitivo marcó algo más que tendencia. Hizo mucho daño y mantuvo firmes los cimientos de este gran 0-1.
Y es que el TAU Cerámica -el único de los cuartofinalistas que triunfó a domicilio- siempre atinó cuando más falta hizo. Si bien durante los dos primeros cuartos quizá abusó algo de ese lanzamiento (trece intentos triples por sólo dieciséis dobles), sí es cierto que su esplendoroso 46% en ese intervalo le dio algo más que alas. De hecho, las mayores rentas las administró antes del intermedio.
Además, al margen de su labor defensiva, su sistematización en la circulación de balón hizo que siempre diese la impresión de que lanzaba en el momento y desde la posición apropiadas. Al Barça, un manojo de nervios y tensión, le traicionaba la muñeca. Sus tradicionales baluartes en esta lid -los Basile, Lakovic, Ilyasova o Navarro- no daban una a derechas.
El paso del tiempo trajo algún diente de sierra que otro, pero el conjunto adiestrado por Dusko Ivanovic siempre halló un aliado fiel en el triple. Cuando la escuadra 'culé' se colocó a seis puntitos (53-59, minuto 28), dos misiles consecutivos desde la línea de 6,25 le dieron el oxígeno necesario. San Emeterio -atención, noticia- e Ilievski firmaron ambas obras de arte.
Como no podía ser de otra manera y a pesar de su acomplejamiento, el Barcelona aún reservó una última traca. Jaleado por un Palau enfurecido, empujado por el particular 'criterio' arbitral de Pitsilkas y, por supuesto, de la mano de su calidad volvió a meter el miedo en el cuerpo al viajero vitoriano. Faltaban 2.28 para el pitido final cuando Grimau dejó sin aliento al baskonismo. 72-77.
La canasta de Prigioni
En ese clímax casi dramático, el TAU supo cómo desconectar la euforia que se extendía a lo largo del vetusto pabellón blaugrana. ¿Lo adivinan? Claro, mediante su alianza con la línea de los 6,25 metros. Prigioni, un auténtico experto en canastas psicológicas, subió el balón hasta colocarse enfrente de la canasta rival. A unos siete-ocho metros. Parecía que ordenaría jugada... No fue así. Dio un paso adelante, reculó y obtuvo el tiempo suficiente para armar su brazo derecho y probar fortuna. Ayer no podía fallar. 72-80 y dos minutos por jugarse. Una mera propina.