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Álava

ÁLAVA

Manuel Álvarez, Manolo, dejó su empleo en el Banco de Vizcaya para encargarse de la carnicería caballar que abrió su padre
05.07.09 -

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El potrero de la Correría
reclama aparcamientos en el Casco Viejo. / B. CASTILLO
Manuel Álvarez saca dos banquetas para charlar en la calle y compone, de este modo, una estampa bella y antigua en pleno corazón de la Correría. A la altura del número 45, el sofoco de una tarde de calor plomizo se atenúa. Su padre abrió la carnicería de potro hace sesenta años y él lleva 35 al frente de un negocio estable, alimentado por una clientela fija que se ha sacudido de siempre el complejo infundado por comer crías de caballo. «Esto da para un sueldico majo. No he notado la crisis y para los tiempos que corren, no bajar ya es subir».
No falla. Manolo pertenece a la estirpe de los comerciantes tradicionales, abogados de la conversación, el trato cercano, la sintonía a botepronto y su amor por el centro medieval. Trabajó ocho años en el Banco de Vizcaya, pero aquello de la oficina no terminaba de convencerle. Pidió una excedencia de tres temporadas y en aquel período falleció su padre, tratante de ganado con el potro como especialidad. «Teníamos granja en Arróyabe y la carnicería. Vine a la tienda, me enganchó y aquí me quedé».
-La edad de jubilación está a tres años vista, Manolo.
-¿Jubilarme? Sin prisas. Estoy muy contento aquí. Cada uno tiene sus aficiones y la mía es estar en el Casco Viejo.
Su compromiso con la almendra de Vitoria, con la Correría en particular, no admite debates. Fue uno de los impulsores, en los ochenta, del embrión que trató de agrupar a los comerciantes del casco antiguo vitoriano. «Quisimos darle vida, anticiparnos a su muerte», recuerda. «Nos reunimos en una sala de la Caja Provincial y se llenó hasta la bandera. Todo el mundo muy contento, que si el Ayuntamiento iba a ayudar... Hablamos de que nosotros mismos tendríamos que empezar con unas cuotas y ofrecí mi tienda como lugar de contacto. ¿Sabes cuántos llamaron o vinieron? Ninguno».
Pena y rabia a partes iguales. Más al comprobar la decidida recuperación que los colegas bilbaínos hicieron en su Casco Viejo. «Trabajan más que en la Gran Vía. Es como si nosotros vendiéramos más que las tiendas de la calle Dato».
Optimista a medio plazo
Manolo cree que los propios comerciantes colaboraron en el letargo duradero de la zona. Hoy, en cambio, se muestra moderadamente optimista. «Ahora sí se están volcando los dueños de las tiendas y veo a Gonzalo Arroita activo y con ilusión. Pero éste es un proceso lento, de cuatro o cinco años por lo menos».
Su primera reivindicación no admite matices porque, opina, en este caso el orden de los factores sí altera el producto. «Nos faltan aparcamientos. El de El Campillo nos lo prometió María Jesús Aguirre en la época de Cuerda, hace más de 20 años. ¿Tú lo ves? El Gorbeia pone autobuses. ¿Es que no podrían pensarse otros para traer a la clientela hasta las entradas del Casco Viejo? La vida se hace con la mejora social para los vecinos y facilitando las cosas al comercio».
El carnicero de la Corre besa figurativamente por donde pisan sus clientas. «El 99% es estupenda y el 90% viene del extrarradio. Me gusta el trato con las personas, les llamo 'cariñín' y se ponen contentas. Todos tenemos problemas y encuentran a quién contarle las penas».
Además de criticar la falta de un estacionamiento en el corazón de la ciudad que ama, Manolo manda otro mensaje a las instituciones, un recado relativo a su trabajo. «Ésta es una ciudad maravillosa que se ha dejado perder el matadero. En cuanto se privatizó fue un desastre. Que la capital de Euskadi tenga que ir a matar a Miranda o Haro...».
-¿Por qué sólo potro?
-(Saca una cuartilla donde ha apuntado las virtudes caballares). Es más nutritiva, tiene menos calorías y menos grasa, es buena para el hierro, el colesterol y los triglicéridos y aconsejable para gente de estómago delicado porque es de mejor digestión.
Escuchada la letanía, a ver quién le remienda las convicciones. «¡Ah! Y apunta que en la carnicería me ayuda Rosa Mari, mi hermana». Anotado queda.
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