La Carta fundacional de la Organización de Naciones Unidas, la mayor institución multilateral del planeta, define a ésta como una asociación global de gobiernos que facilita la resolución de conflictos en asuntos como la paz y la seguridad internacional, el desarrollo económico y social, los problemas humanitarios y los derechos humanos.
Como proyecto político supranacional goza de unos atributos inigualables: legítimo, democrático, inclusivo, moderno, crucial. Su órgano más representativo, la Asamblea General, asume el principio de la equivalencia soberana: un país, un voto. Miguel d' Escotto, su presidente, lo denomina el 'G-192' en alusión al número de sus 192 miembros, el único organismo internacional con legitimidad para resolver cambios que tengan un impacto global, porque todos los países están representados.
Visto así podría parecer que prefigura el mejor de los escenarios de cooperación. Nada mas alejado de la realidad.
Del 24 al 26 de junio pasado, altos representantes de la Organización acudían en Nueva York a una cita especial: 'La Conferencia de Naciones Unidas sobre la crisis económica y financiera mundial y su impacto en el desarrollo'. La carga emocional del encuentro era indisimulada. Se trataba de dirimir la titularidad institucional disputada por dos contendientes entorno a un tema crítico: la crisis global.
El conflicto arrancaba meses atrás. La incidencia de la recesión mundial en el desarrollo del sur y las medidas para su superación constituían ejes centrales de la agenda de DOHA, la cumbre de Naciones Unidas celebrada a finales de noviembre de 2008 para revisar el desarrollo de los compromisos de Monterrey. En aquella ocasión, el entonces presidente estadounidense George Bush abrió la contienda convocando 15 días antes al G 20 en Washington, con idéntico orden del día. La señal era inequívoca: Occidente reservaba el tratamiento de la crisis para el círculo restringido de uno de sus clubs privados. Como añadido, ningún jefe de Estado del G 20, con la sola excepción de Sarkozy, comparecería en la cumbre de Doha. Tampoco lo harían los máximos mandatarios del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional.
La 'Declaración de Doha', un documento arrancado al consenso tras debates de la máxima tensión, se cerró con una mención de compromiso: se atribuía unánimemente a Naciones Unidas, en un plazo inmediato, la iniciativa de una cumbre monográfica en la que se abordaría el tema de la crisis y su impacto en el desarrollo.
Pero, frecuentemente, la retórica se acompaña mal de los hechos. La segunda cumbre del G 20 en Londres consolidó el protagonismo del club de los poderosos. La de Naciones Unidas ha sido un mero calco de lo acontecido en Doha. Ni un solo jefe de Estado de la OCDE entre los comparecientes. Tampoco los mandatarios de las Instituciones de Bretton Woods. Y un texto final descafeinado, réplica del de la Declaración de Doha, donde las propuestas reformadoras de las ponencias oficiales acerca de la ayuda, la gobernanza multilateral, el comercio o la transparencia fiscal quedan relegadas a un último capítulo de estudios, recomendaciones, exámenes, revisiones y otras consideraciones de rigor.
Estados Unidos y la UE han bloqueado cualquier intento de enmienda o de mejora. Ni siquiera las propuestas de la Comisión Stiglitz han logrado prosperar. Como la relativa a la creación de un Consejo de Coordinación económica Global, en el que Jefes de Estado y de Gobierno comparezcan periódicamente para evaluar el desarrollo y proveer de liderazgo en materias económicas, sociales y ecológicas, representando una alternativa democrática al G 20.
Proposiciones aparte, la reflexión más audaz de Stiglitz se sitúa en el terreno de la calidad de la democracia. En el norte, pero sobre todo en el sur, los mismos ciudadanos que acusan los fallos del mercado en forma de paro y pobreza constatan atónitos que se vuelve a recurrir a las mismas recetas para salir de los mismos problemas endémicos y recurrentes, con el agravante de hurtarles el uso de la palabra. Para el Nobel norteamericano, esta crisis ha incidido sobre los valores democráticos más que cualquier dictadura de épocas recientes.
Pero una vez más la moraleja de esta historia de pesadilla y terror es el fariseísmo reinante en la geopolítica institucional. Naciones Unidas es un velatorio político, una falsa ventanilla sin interlocutor, ante la que forman cola los países sin representación, y donde nunca se anuncia su turno. Cientos de millones de personas alrededor del globo que no tienen otro foro en el que expresar sus perspectivas singulares y a menudo divergentes, asistiendo inermes a una nueva forma de dominación institucional.