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05.07.09 -

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Antes, los socorristas pertenecían, por iniciativa propia, a los poderes ejecutivo y judicial, como los grandes sheriffs históricos y cinematográficos. El mítico Melchor, ex caballero legionario, tenía un gran Cristo tatuado en la espalda. Luchaba denodadamente con las olas para sacar del agua a cualquier imprudente, como intentara el buen Ham con el falso caballero Steeerforth, aunque éste no lo mereciera, en 'David Copperfield'. Luego, tras reanimarlo, justo cuando el insensato estaba a punto de recuperar el habla para dar las gracias, Melchor le sacudía dos guantadas por su bien, para que tuviera más cuidado en adelante. Bueno, ya sé, a veces se me va la mano con un neorrealismo anterior a mis recuerdos, pero no era cine del peor.
Después llegaron aquellos socorristas que nos parecían, y seguramente se trataba de un juicio poco ecuánime, meros ligones de playa. Más que a su cometido, juraríamos que estaban atentos a su bronceado y sobre todo, ay, a intercambiar opiniones (que no destacaban por su inteligencia) con las chicas más estupendas. Apuntaban sus catalejos hacia nuestras chicas favoritas, en lugar de velar por todos nosotros oteando el agua, como era su obligación. Aprovechaban cualquier rasponazo para aplicarse gigantescas tiras de esparadrapo en aquellas espaldas que tenían, que no eran naturales sino de gimnasio, esos lugares que estuvieron de moda en el tiempo de los romanos y luego dejaron de estarlo hasta ahora, pero no tenían buena fama entre nosotros cuando éramos más jóvenes y espirituales.
Aquellas playas siguen siendo las mismas, ingenuas y peligrosas, aunque nosotros hayamos cambiado. Los socorristas de ahora son chicos de veinte años (tal vez la edad de aquellos tarzanes que jugaban con ventaja). Ahora cuentan con más medios materiales, algunos de los cuales se escriben en inglés. Sacan el título tras demostrar que son capaces de correr y nadar batiendo algunas marcas locales, tras examinarse sobre corrientes y rompientes. Como terminaba, tras muchos reproches, aquella canción sobre los burgueses, los socorristas son eso que no pudimos ser.
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