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DE CUANDO EN CUANDO

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Voy a contarles la curiosa historia de una lubina, cuya procedencia no se cita en la noticia publicada allá por finales de 1885. El pescador, según los detalles de la gacetilla, atrapó una hermosa lubina que sin duda era de buen apetito, a juzgar por lo que van a leer ustedes.
El pescador, pensando más en hacer un buen negocio que en darse un buen banquete de pescado fresco, decidió venderla y se la compró un señor que, al parecer, era amigo de los redactores de 'El Noticiero Bilbaíno', que es de donde he copiado la gacetilla.
El comprador de la lubina, según parece, se dedicaba a funciones de tipo sanitario, aunque en este caso la cosa iba por cauces más bien gastronómicos porque, después de comprobar que el pescado estaba en perfectas condiciones de salubridad, se la dio a la cocinera para que incluyese un sabroso plato de pescado en el menú.
La cocinera cogió la lubina y empezó por el principio. Es decir, por limpiarla y quitarle las tripas. En esta operación fue donde surgió la sorpresa, porque al abrir el vientre del pescado se encontró diez pescaditos, lo cual demuestra la veracidad del refrán que asegura lo del pez grande que se come al chico.
Pero aquella lubina tenía, por lo visto, tal apetito que no se contentaba tan sólo con comerse al pez chico, sino que se tragaba todo lo que encontraba a su paso. Vean ustedes lo que ocurrió cuando leamos la noticia. Leamos: «Un amigo nuestro, en ejercicio de sus funciones sanitarias, compró ayer una hermosa lubina en el muelle de Las Arenas por el precio de cuatro pesetas y al ir a destriparla la cocinera, se encontró con que tenía en el interior de sus tripas, además de diez pescados, un duro acuñado en 1885».
La noticia podía haber quedado así, pero el redactor lo pensó mejor y añadió este colofón, que yo someto al juicio y criterio del lector: «Cuestión jurídica: ¿De quién son los veinte reales encontrados? ¿Del que vendió la lubina, del que la compró o de la cocinera? A lo menos ésta los merece por su lealtad».
Pregunta que yo traslado al pío lector: ¿quién era el auténtico propietario del duro?
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