Un punto de mínimos fue lo máximo que el Alavés extrajo ayer del Reyno de Navarra ante el colista de la categoría. Si en Lemona regaló dos puntos prácticamente amarrados, en Pamplona se quedó con la impresión clara de dejar dos más en el tortuoso arranque de la competición. Después de una mayúscula y difícilmente explicable 'empanada' hasta el descanso el cuadro vitoriano despertó de la siesta, de ese amodorrado letargo que durante muchos minutos amenazó con provocar un auténtico caos. Cuando por fin se pellizcó para comprobar que su desidia no era un sueño la reacción posterior se quedó sin gol. La transfusión a través del cambio de actitud colectiva y la entrada al césped de Diego Segura y Rico inyectó esperanza a unas gradas plenamente albiazules, pero resultó insuficiente para pasar del anémico empate.
En apenas cuatro partidos oficiales el Alavés se ha convertido en un equipo poliédrico, con tantas caras como se quieran encontrar, incluso dentro del mismo encuentro. De la impetuosa salida en Lemona a la tibieza en el arranque del Reyno de Navarra media sólo una semana. Quizás las diferentes condiciones del campo provocaron un efecto pendular. De la motivación extrema ante las dificultades del terreno de juego vizcaíno, donde se mordía de inicio por cada balón, a esa actitud contemplativa de nuevo sobre un césped de Primera División y ante el colista de la categoría. Si se pretendía buscar oficio y equilibrio durante noventa minutos el primer capítulo del choque en Pamplona no pudo resultar más desalentador.
Ocasiones locales
Ante un Osasuna B, además, al que la falta de nervio albiazul invitó a explotar sus virtudes. El filial navarro, que siempre trató de jugar la pelota y ampliar el campo, demostró que fútbol no le falta. Lander Gabilondo y Roberto Torres ofrecieron calidad en un centro del campo que, por momentos, sacaba la pelota con limpieza y ponía en apuros al cuadro vitoriano a través de la velocidad de Manuel.
Del Alavés apenas existían noticias. Con graves problemas para hacer circular la pelota y, de nuevo, algunas pérdidas de balón en situaciones comprometidas y demasiadas imprecisiones cuando aparecieron las oportunidades. Al cuadro vitoriano apenas le dio para comprometer al adversario cuando la ingenuidad de la tierna zaga navarra resultó evidente. Óscar Martínez, con un robo en área contraria, se adornó en exceso en la única opción albiazul. A cambio, Osasuna B rozó el gol en dos ocasiones muy claras. La primera de Lander se perdió junto al palo y la segunda, del mismo extremo, se estrelló en el poste. El descanso resultó un bálsamo para un conjunto albiazul con una herida que, por fortuna, no había derramado sangre.
Control albiazul
La pesadilla concluyó con el arranque de la segunda mitad. No era posible, por pura estadística, otro tiempo del mismo calibre que el anterior. Pereira dejó en el banquillo a Ruano -en el equipo inicial Carrión por Mesquita fue el único cambio respecto a la pasada semana- y metió a Diego Segura. Al igual que ante el Izarra, Óscar Martínez pasó a la banda izquiera y el Alavés actuaba prácticamente con tres delanteros
Junto a las sustituciones, Rico entró poco después por Óscar Martínez, el cuadro vitoriano cambió de actitud. De la insufrible parsimonia inicial pasó a apretar al adversario en zonas más adelantadas. El centro del campo albiazul, hasta entonces perdido, recuperó más y, al menos, embotelló al adversario durante algunos minutos. Igor, que hizo el primer tiro a puerta del equipo en el minuto 63, desperdició una llegada clara al no ver a Diego Segura en el área rival.
El gas albiazul menguó tras la media hora, aunque el árbitro, otro elemento muy peligroso, dejó pasar por alto una mano del portero local fuera del área y la protesta de Pereira acabó en roja. La expulsión, dentro del festival de tarjetas, le tocó después al incisivo extremo local Lander. A seis minutos de final la escuadra albiazul, ya con Reguero, tampoco supo administrar su ventaja numérica. Poco, muy poco para un Alavés.