El recuerdo es el gran protagonista de este montaje. Y el talento teatral de la dirección consiste, sobre todo, en soslayar el riesgo narrativo, en mezclar lo que pasó con la reacción de los personajes ante el recuerdo, de tal manera, que pasado y presente acaban confundiéndose, como si el hecho de recordar tuviera tanta o más fuerza que el vivir.
Cosa bien sabida y dicha multitud de veces y en todos los tonos, desde los más serios a los más frívolos. Pero ya digo, la fuerza del trabajo está en que esto se cumple cabalmente.
Las gradaciones de lo cómico a lo dramático o a lo melodramático, la relación entre madre e hijo, los golpes de efecto, la nostalgia, la colocación del monólogo, la ternura, el diálogo teatralmente bien escrito... todo responde a un concepto del teatro que puede considerarse antiguo, el de la gran época burguesa, pero que de hecho sigue practicándose en Londres, en París o en Nueva York, y que algunas veces se importa a España con éxito.
La versión teatral, la puesta en escena y el trabajo de actores evita el peligro de estatismo. O, lo que sería peor, de ausencia de conflicto y de acción dramática, e incluso la mera complacencia literaria.
Nada de eso sucede aquí, sino que, por el contrario estamos ante una particular montaje con su fuerte dosis de ingenio, con su cuidado por el diálogo elegante y con una acción dramática fluida y armónica.
Hay química de la buena. Me gusta ese contrapunto entre la presencia casi imponente de Miguel Ángel Solá y el cierto aire de fragilidad de Blanca Oteyza. Solá está especialmente dotado para los personajes duros y abruptos.
Oteyza es una actriz elegante, sutil y cautivadora, que domina diversos registros y se muestra serena siempre, dueña de la situación y de la acción.
La dirección adapta el ritmo fragmentario de la acción a una escenografía cerrada y funcional, una especie de caja que respira, se amplía y se comprime por el ciclorama de fondo. Esa fragmentación y ese espacio cerrado podrían sugerir que los diálogos, que esa relación madre hijo es una especie de viaje interior, lo cual explicaría algunas cosas. Pero eso no queda tan claro.
No es una obra para alargar la tarde ni para matar el rato o entretener. Se acerca más a un disfrute sólido. Es una obra redonda, para reír, llorar, para pensar; una obra capaz de llevar un tema actual al escenario con calidad y sensatez.