Cinco días de juicio han bastado para resolver la mayor parte de las incógnitas que se cernían sobre el crimen de Nagore Laffage, la joven irundarra estrangulada por el psiquiatra José Diego Yllanes en los sanfermines del año pasado. La primera semana del proceso ha clarificado aspectos determinantes, a pesar de las lagunas e imprecisiones que presentaba el testimonio del procesado. Pero después de casi cincuenta horas de sesiones, sesenta testigos y una veintena de peritos, el jurado popular que tendrá que emitir un veredicto ya conoce con exactitud las circunstancias que rodean a la muerte de Nagore.
El grado de intoxicación etílica que el acusado presentaba, uno de los temas más controvertidos del caso, parece resuelto. Nadie discute que José Diego Yllanes, de 27 años, había bebido en las horas previas al crimen. Era la madrugada del día de San Fermín. Sin embargo, pocos creen a estas alturas que en el momento de los hechos estuviese borracho.
A las seis y media de la madrugada, el procesado se encontró con unas amigas de Nagore y se puso a charlar con ellas. Al rato llegó la joven, que conocía a Yllanes de vista: ambos trabajaban en la Clínica Universitaria, él como psiquiatra y ella como enfermera en prácticas. Las imágenes que se pudieron ver en la sala de vistas de ambos, agarrados, caminando por la acera en dirección al piso que el presunto asesino había adquirido, pero en el que todavía no vivía, no pudieron resultar más clarificadoras. Los dos llevaban un paso firme y sortearon sin dificultad a las personas con las que se cruzaron en la acera. Los médicos forenses fueron concluyentes: Yllanes no se hallaba significativamente afectado por la ingesta de alcohol. También ha quedado prácticamente descartado que consumiese alcohol en la casa donde se cometió el crimen: la botella de ron que fue hallada medio vacía en el escenario del crimen -y que según su madre estaba casi llena en los días previos- no tenía huellas ni del acusado ni de Nagore.
Brutal paliza
El segundo gran caballo de batalla ha sido la salud mental del inculpado. Y todavía lo será. La defensa argumentará mañana en su informe final que la «vulnerabilidad» de José Diego al alcohol desencadenó un delirium, una alteración de su conducta, de la conciencia y de sus funciones cognitivas. Los psiquiatras forenses precisaron que Yllanes no padece un trastorno mental, aunque no descartaron que hubiese sufrido un arrebato que le llevó a perder la razón cuando Nagore, tras un inesperado y violento comienzo de la relación sexual, le hizo saber que no deseaba continuar y que le iba a denunciar.
El delirio no parece contar con una base muy sólida, teniendo en cuenta el comportamiento del acusado y la lucidez mental que demostró para deshacerse del cadáver. Yllanes, tras matar a la joven, acudió a la clínica en busca del teléfono de un amigo que poseía un todoterreno -un vehículo idóneo para transportar un cuerpo-, a quien llamó para pedirle ayuda. Limpió también la casa, recogió todas las pertenencias de la chica y envolvió el cuerpo en bolsas de plástico. Más tarde cogió el coche de su padre, cargó el cuerpo y lo llevo a Orondritz, una localidad distante unos cuarenta kilómetros y a la que se accede por una sinuosa carretera. Allí, ocultó el cuerpo y arrojó las pertenencias en otro lugar. «Actuó con una gran frialdad», sostiene un letrado.
El proceso, que termina la próxima semana, ha puesto también de manifiesto que Nagore fue brutalmente agredida antes de ser estrangulada con una sola mano. Los forenses no pueden asegurar que estuviera inconsciente cuando la mató, pero reconocieron que «los golpes fueron intensos y pudieron provocarle una disminución de su capacidad de reacción». En otras palabras, la paliza que recibió imposibilitó que se defendiera. Los juristas definen esta situación con una única palabra: alevosía.