Ha llegado el otoño y la Naturaleza, desbordante durante los meses previos, comienza a sentir el miedo ante la estación que llega con sus fríos, los temporales o la nieve. El invierno se siente ya como una amenaza y animales y plantas comienzan a recogerse, como quien busca refugio para evitar el golpe. Este es un momento ideal para perderse (dentro de un orden), en cualquiera de los bosques que nos rodean para comprobar hasta qué punto enganchan la humedad y los aromas de la tierra, ahora más palpables que nunca. Así sucede cuando el rocío y la lluvia empapan la tierra reseca tras semanas de estío.
A dos horas de Bilbao, a tres de Vitoria, se alza uno de los bosques más imponentes del norte de España, casi comparable con la Selva de Irati, un hayedo muy bien conservado que invita a recorrerlo por pistas y senderos señalizados que nos permiten adentrarnos en el corazón de este ser vivo. Es el parque natural cántabro de Saja-Nansa, 24.000 hectáreas casi intactas, un territorio marcado por dos ríos y curiosamente situado a escasos kilómetros del litoral, de pueblos como Comillas o San Vicente de la Barquera.
La ruta que te proponemos en GPS es una de las muchas que atraviesan la reserva natural, que permanecen abiertas gracias a la acción de los ganaderos; no necesitas ser un alpinista para marchar ni ir dejando migas de pan para no perderte: si eres prudente y sigues la pista, verás todo lo que hay que ver. El sentido común evita muchos disgustos y si llevas un reloj y un móvil sabrás cuánto tiempo llevas caminando y -sobre todo- cuánto tardarás en volver hasta el lugar donde quedó el coche.
Dos puntos de partida
La pista elegida parte de Bárcena Mayor, núcleo rural restaurado y con muchos atractivos. A la entrada del pueblo encontrarás un aparcamiento obligatorio pero (nosotros no te lo hemos dicho) los vecinos de la comarca cruzan el casco urbano en coche para trasladarse hasta la zona recreativa de Llano Castrillo, situada a un par de kilómetros y dotada de un segundo parking. Tú y tu civismo deciden, pero el saber no ocupa lugar en una mochila con agua y bocadillos.
El sendero asciende suavemente en paralelo al río Lodar durante unos cinco kilometros y te mostrará bonitas y profundas pozas de agua transparente que en verano invitan al baño. A partir de ahí, la pista gana pendiente con algunos repechos más exigentes, pero nada que no pueda vencer una persona sana acostumbrada a caminar. Los seis kilómetros siguientes son los más impactantes ya que nos adentraremos en un bosque vivo donde robles, hayas, castaños y acebos compiten por un rayito de luz. En algunas revueltas del camino comprobarás cómo el arbolado se abre para mostrarte las laderas que ascienden hacia el Alto de Fuentes, destino último del recorrido, y el impactante colorido de un bosque que comienza a rendir sus hojas ante la inminencia del invierno.
Tras nueve kilómetros de marcha llegaremos a las cascadas de La Arbencia, justo en el punto donde los arroyos Hormiga y Fuentes confluyen para dar vida al río Lodar. Para ver los saltos tendremos que descender por la ladera hasta encontrar un punto desde donde observar cómo cae el agua, aunque la tupida vegetación nos impedirá apreciarlo convenientemente.
Aún así, es un lugar estupendo para el bocadillo, así que consulta con tus fuerzas y decide si estás en condiciones de continuar, porque pronto llegarás a las praderas de la Cruz de Fuentes, a 1.300 metros. Las vistas sobre la comarca son imponentes desde este punto donde todavía pasta el ganado, cuyo descenso a los valles tendrá lugar en las próximas semanas. En total, 15 kilómetros de ida (y otros tantos de vuelta, calcula ocho o nueve horas) en los que tus piernas y tu cabeza determinarán el momento adecuado para emprender el regreso. Eso sí, siempre en bajada.
Pérdidos en Bárcena Mayor
Bárcena Mayor es la puerta de entrada a la reserva de Saja Nansa. No la única, pero sí la mejor de todas. Esta aldea, que hoy se ve obligada a regular su acceso en coche, estaba prácticamente aislada del mundo hasta hace unas pocas décadas, debido a su condición de núcleo rural condenado sin remedio a la extinción y a su situación al fondo de un valle, en el camino hacia ninguna parte. Afortunadamente, el turismo consiguió lo que nadie esperaba y Bárcena Mayor es hoy una visita imprescindible por el valor etnográfico y arquitectónico de sus caseríos y calles y porque nos ayuda a entrar en el bosque.
Este núcleo perteneciente al municipio de Los Tojos muestra zaguanes, lavaderos, hornos de pan, pajares, establos... tal y como eran hace un siglo, cuando toda la riqueza (y la miseria) de una aldea radicaba en la autosuficiencia de sus vecinos. Situada en la orilla del río Argoza, que desciende desde los cercanos bosques, las casas de Bárcena Mayor exhiben la piedra, las solanas y las viejas vigas de roble como símbolo de su conexión con la tierra sobre la que se asientan.
Hoy, como no podía ser menos, los servicios turísticos han sustituido a las tareas del campo, y antes descubrirás un restaurante que una cuadra, un artesano que un labriego. Es el signo de los tiempos pero aporta más interés, y cada fin de semana encontrarás en las empedradas calles de la aldea a gentes que buscan una mesa y un cocido. Por eso es mejor organizar la visita entre semana.
Las mansiones de Selores
La aldea cántabra es un buen ejemplo de enclave rural, pero también disfrutarás de la paz de los pueblos pequeños en Cabuérniga, el ancho valle que une Cabezón de la Sal con Bárcena Mayor. Detente unos minutos en Selores y recorre sus calles, mejor pavimentadas que las de Bárcena, para explorar la increíble colección de casonas agrupadas en torno a la iglesia y el hotel Camino Real. Es como si los vecinos de hace dos siglos hubieran emprendido una competición para decidir cuál de ellos era el más poderoso.
Y una vez establecido por tu parte qué edificio merece la más alta nota, pasea por la calzada interior (entre la carretera y el río) hasta los cercanos pueblos de Terán, donde te toparás con castaños centenarios en los alrededores de la iglesia, y Valle, capital de Cabuérniga. Es un sendero asfaltado que los vecinos aprovechan para hacer ejercicio y vida social entre prados, huertas y cerrados donde pastan ovejas y vacas. Salvo algún tractor o algún ciclista, nadie te molestará.