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Tamborada (San Sebastián). Donostia, santo y seña
Dicen que los soldados franceses requebraban a las mozas con sus tambores y los panaderos se mofaban de ellos, pero, un par de siglos después, esta fiesta es algo muy serio
16.11.07 -

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Tamborada (San Sebastián). Donostia, santo y seña
La Marcha, sacrosanto himno carnavalero de Donosti City, insiste en que sólo hay un Sebastián en el cielo (Sebastian bat bada zeruan) y un solo Donosti en el mundo (Donosti bat bakarra munduan). Chulo rechulo sí que queda, pero conociendo a sus autores (Raimundo Sarriegui y Serafín Baroja, de oficio sus chirigotas, tertulias y contubernios diversos), sabemos que podían mentir como bellacos. ¿Y por qué no lo iban a hacer, si aunque la Marcha suene hoy recia y marcial no deja de ser un anuncio cantado y tamborreado de que los carnavales están cerca?
Que sólo haya un Sanse en el planeta es falso: San Sebastián de los Reyes, San Sebastián de la Gomera y San Sebastián do Rio de Janeiro. En cuanto a lo del santo, único es, cierto, con tal cohorte de admiradores que atraviesa los óceanos del tiempo para venerarle. No por nada le llaman El Apolo de los Santos. Ningún otro ha sido tantas veces pintado, esculpido, maniatado, asaeteado, infografiado como aquel capitán del ejército del emperador romano Máximo. Hermoso como pocos, se enfrentó a su señor porque cristiano era. Quisieron matarle con flechas pero salvóse. Sacrificaron luego a ese cordero de Dios a latigazos. Ya en el siglo IV se le nombra con arrobo y nadie como él para guardarnos de la peste. Patrón también es de los homosexuales, pues como bien mostró Jarman en su filme ‘Sebastiane’, hablado en latín, nadie más bello, nadie más incierto ni desnudo que Sebastián para ser icono de los gays –aún no se sabe si Máximo le mató por no postrarse ante Júpiter o por no aceptar sus avances–.
Recomendamos vivamente a nuestros lectores no mentar ninguno de los datos arriba desglosados en esta excursión de dos días (o dos noches) que proponemos. El 19 y el 20 de enero son fechas de clamorosa reivindicación de identidad ciudadana y tampoco es cuestión de sacar a colación el matiz militar de la fiesta mientras se brinda con el cava ofrecido generosamente por las distintas sociedades gastronómicas, que abren sus puertas a propios y extraños en la medianoche del 19. Nada extraño que a una capital antimilitarista de toda la vida (bueno, anduvimos con milicianos anarquistas en el Hotel María Cristina, nazis en la sala de fiestas La Perla y requetés navarros en el 37…) le dé durante dos días por uniformarse como los ejércitos que la dejaron hecha unos zorros (nos pasaron a cuchillo e incendiaron franceses, británicos y portugueses, amén de los carlistas) y por tocar enloquecida diana y retreta.
Se trata, sin más, de las hermosas contradicciones que nos mantienen vivos a los donostiarras. Ni mentarlas. Se aceptan, no más. Mejor será abandonarse al estruendo de los tambores que, si saben escuchar bien, se transforma en un fino rasgueo de madera cuando se entrecruzan los palillos. ¿Que qué se hace en estos dos días, en estas dos noches? Nada. Esperar en cualquier esquina. Da lo mismo que estén ustedes ante el Parque de Bomberos (frente al soberbio, húmedo, misterioso Muro de San Bartolomé en la calle Easo) que junto a un Centro de Día (Villa Mercedes, Avenida de Navarra, frente al 44). Más tarde o más temprano pasará o sonará una tamborrada. Con cocineros, gastadores, aguadoras, barrileras y abanderadas.
Desfile de caballos
¿Que si las chicas tocamos el tambor? Por Dios, toda esta historia comienza por nosotras. Que íbamos a por agua a la fuente de Kañoyetan – en la plaza Valle de Lershundi, un entrante de 31 de agosto– y los soldados de la guardia francesa del Monte Urgull nos requebraban de amores tocando sus tambores ante los celos de los panaderos autóctonos que les desafiaban mofándose de sus uniformes y repicando en las cubas de ellas. Eso, por cierto, sí pueden contarlo. Y, si quieren deslumbrar al donostiarra que les ha invitado a la fiesta, hagan que el 20 espere en La Concha un buen rato después de que los 5.000 tamborreros niños rompan las filas. Contemplarán un espectáculo bellísimo: los caballos del gran desfile vuelven a sus cuadras por la orilla del mar.
La voz de los protagonistas

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