
Recomendaciones GPS
Comprar
Supongamos que cenan en casa de unos donostiarras. Por favor, ustedes que pueden, no les lleven el postre: compren angulas. Los donostiarras mantenemos con esos bichejos una relación sicótica. Las añoramos, pero, por carísimas, fingimos despreciarlas. Hasta decimos que no saben a nada. Vayan a Sotero (en la foto) en el Mercado San Martín. A Pescados Conde en La Brecha o a la Pascuala, en San Lorenzo. Compren unos cientos de gramos y verán a sus anfitriones llorar de felicidad.
Comer
Los otros templos gastronómicos salen hasta en el ‘New York Times’, así que dense el lujazo de conocer la cocina de Jone Valero y las maneras de encantador de serpientes de Fernando antes de que empiecen a reservar los japoneses. El Gaizka, un bar muy bar en la calle Trueba, sorprende a todos con morritos de cerdo crujientes, caracoles cultivados, muxumartines recién llegados a lonja y flan de kiwi. Antes tómense un marianito increíble en el cercano Roberto (General Arteche).
Dormir
Acuéstense. Podrían no hacerlo. Alguna tamborrada acabará a las 6 del 20 y la siguiente empezará a las 7.00 am. Pero, si han de pillar sitio para el gran desfile del mediodía, harían bien en recogerse un rato. El hotel Arrizul (Peña y Goñi 1, T 943322804) ofrece frente al Kursaal 12 habitaciones delicadas y deliciosas (habitación doble 82 € y parking, 14 € el día). Y para el desayuno sirven café del tostadero de al lado, Anguiozar, un placer divino.
Con niños
Podrán comprar a sus retoños tambores de mentirijillas, frágiles palillos y gorros de cocinero de papelín cebolla en los bazares chinescos. Háganlo. Los tambores de Erviti (en los arcos del Buen Pastor, gran casa de música) están reservados hace décadas. Los de Angelita (disfraces mil), también. Pero, para quedar como mariscales, acérquense a las pastelerías Otaegui (Narrica, Trueba, Garibay, Matía y San Martín) y regálenles el glorioso hombre de jengibre de Shrek, magnífica galleta british.
Salir
En la medianoche de la Víspera nadie va de copas. Rodaremos las calles en busca de las mil sociedades de Lo Viejo (Ollagorra, camino a Urgull, Zubi Gain en Campanario 9, Aitzaki en la Subida al Castillo, Arrano Beltza en las entrañas de Juan de Bilbao, Gaztelubide y Gaztelupe no tienen pérdida) que ofrecerán cava al caminante como si de un mandato divino se tratase. Pero San Sebastián es la ciudad del gin tonic. Tómense uno en el Resaca, clásico inmortal de Miraconcha.
Tamborada (San Sebastián)
Cuando: Este fin de semana, 19 y 20 de enero.
Dónde: Diversos escenarios de la capital guipuzcoana.
La Marcha, sacrosanto himno carnavalero de Donosti City, insiste en que sólo hay un Sebastián en el cielo (Sebastian bat bada zeruan) y un solo Donosti en el mundo (Donosti bat bakarra munduan). Chulo rechulo sí que queda, pero conociendo a sus autores (Raimundo Sarriegui y Serafín Baroja, de oficio sus chirigotas, tertulias y contubernios diversos), sabemos que podían mentir como bellacos. ¿Y por qué no lo iban a hacer, si aunque la Marcha suene hoy recia y marcial no deja de ser un anuncio cantado y tamborreado de que los carnavales están cerca?
Que sólo haya un Sanse en el planeta es falso: San Sebastián de los Reyes, San Sebastián de la Gomera y San Sebastián do Rio de Janeiro. En cuanto a lo del santo, único es, cierto, con tal cohorte de admiradores que atraviesa los óceanos del tiempo para venerarle. No por nada le llaman El Apolo de los Santos. Ningún otro ha sido tantas veces pintado, esculpido, maniatado, asaeteado, infografiado como aquel capitán del ejército del emperador romano Máximo. Hermoso como pocos, se enfrentó a su señor porque cristiano era. Quisieron matarle con flechas pero salvóse. Sacrificaron luego a ese cordero de Dios a latigazos. Ya en el siglo IV se le nombra con arrobo y nadie como él para guardarnos de la peste. Patrón también es de los homosexuales, pues como bien mostró Jarman en su filme ‘Sebastiane’, hablado en latín, nadie más bello, nadie más incierto ni desnudo que Sebastián para ser icono de los gays –aún no se sabe si Máximo le mató por no postrarse ante Júpiter o por no aceptar sus avances–.
Recomendamos vivamente a nuestros lectores no mentar ninguno de los datos arriba desglosados en esta excursión de dos días (o dos noches) que proponemos. El 19 y el 20 de enero son fechas de clamorosa reivindicación de identidad ciudadana y tampoco es cuestión de sacar a colación el matiz militar de la fiesta mientras se brinda con el cava ofrecido generosamente por las distintas sociedades gastronómicas, que abren sus puertas a propios y extraños en la medianoche del 19. Nada extraño que a una capital antimilitarista de toda la vida (bueno, anduvimos con milicianos anarquistas en el Hotel María Cristina, nazis en la sala de fiestas La Perla y requetés navarros en el 37…) le dé durante dos días por uniformarse como los ejércitos que la dejaron hecha unos zorros (nos pasaron a cuchillo e incendiaron franceses, británicos y portugueses, amén de los carlistas) y por tocar enloquecida diana y retreta.
Se trata, sin más, de las hermosas contradicciones que nos mantienen vivos a los donostiarras. Ni mentarlas. Se aceptan, no más. Mejor será abandonarse al estruendo de los tambores que, si saben escuchar bien, se transforma en un fino rasgueo de madera cuando se entrecruzan los palillos. ¿Que qué se hace en estos dos días, en estas dos noches? Nada. Esperar en cualquier esquina. Da lo mismo que estén ustedes ante el Parque de Bomberos (frente al soberbio, húmedo, misterioso Muro de San Bartolomé en la calle Easo) que junto a un Centro de Día (Villa Mercedes, Avenida de Navarra, frente al 44). Más tarde o más temprano pasará o sonará una tamborrada. Con cocineros, gastadores, aguadoras, barrileras y abanderadas.
Desfile de caballos
¿Que si las chicas tocamos el tambor? Por Dios, toda esta historia comienza por nosotras. Que íbamos a por agua a la fuente de Kañoyetan – en la plaza Valle de Lershundi, un entrante de 31 de agosto– y los soldados de la guardia francesa del Monte Urgull nos requebraban de amores tocando sus tambores ante los celos de los panaderos autóctonos que les desafiaban mofándose de sus uniformes y repicando en las cubas de ellas. Eso, por cierto, sí pueden contarlo. Y, si quieren deslumbrar al donostiarra que les ha invitado a la fiesta, hagan que el 20 espere en La Concha un buen rato después de que los 5.000 tamborreros niños rompan las filas. Contemplarán un espectáculo bellísimo: los caballos del gran desfile vuelven a sus cuadras por la orilla del mar.
La voz de los protagonistas