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El islote accesible sólo con bajamar se ha convertido en una sala de exposiciones al aire libre con 15 esculturas de Juan Pablo Arriaga inspiradas en África
16.11.07 -

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Isla de Garraitz (Lekeitio). Arte entre mareas
Si eres de los que no aguantan demasiadas horas tumbado al sol, acércate este verano a Lekeitio, donde podrás combinar un rato de playa con algo de cultura y aventura al aire libre. Cuando baje la marea en los arenales de Karraspio e Isuntza aprovecha para pasar hasta la isla de Garraitz y descubre la curiosa exposición que ocupa sus escarpadas laderas y acantilados. Se trata de 15 esculturas de madera africana de iroko tratadas con fuego del artista Juan Pablo Arriaga (Markina, 1969), que reflejan sus vivencias durante un viaje a África que duró ocho meses. Este peñón, estampa típica de Lekeitio, se ha transformado así en un inusual museo iluminado por el sol, refrigerado por los vientos, vigilado por el mar y frecuentado por multitud de gaviotas. En el pasado, Garraitz tuvo una ermita dedicada a San Nicolás, patrón de navegantes y pescadores. También se cree que pudo haber un hospital y un pequeño convento franciscano. Varios siglos después la isla ha recuperado con esta muestra un inusual bullicio de peregrinos veraneante que se acercan hasta allí para observar la obra de este artista perteneciente a una familia de artesanos ebanistas.
Hace cuatro años, Arriaga partió en velero desde Lekeitio y consiguió llegar al continente africano para indagar en las raíces de otras culturas. Su intención era hacer todo el viaje navegando, pero su embarcación se hundió en Senegal. A partir de ahí continuó su odisea por tierra hasta culminar la ruta en Sudáfrica. Las excitantes y duras experiencias vividas por el artista han quedado plasmadas en este personal cuaderno de bitácora que, en forma de esculturas, se funden con la naturaleza en el islote de San Nicolás, manteniendo la armonía y el respeto por el entorno.
Recuerdo a una niña
Para llegar a Garraitz y visitar esta exposición, llamada ‘Theresse’ en recuerdo de una niña enferma de 3 años que navegaba con Arriaga en un carguero por el Congo y que murió poco antes de llegar al hospital, es imprescindible que la marea esté baja, por lo que la exposición sólo puede visitarse tres horas al día. El ayuntamiento ha colocado un horario de mareas para facilitar el acceso a los visitantes y, sobre todo, para que tengan en cuenta cuándo deben volver antes de que el agua suba y se queden colgados como Robinson Crusoe a la espera que los servicios de emergencia marítima les rescaten. Tras las inundaciones de hace unos meses el mejor camino para llegar a la isla es a través de la arena, mojándose los pies en las pequeñas lagunas que el mar ha dejado olvidadas en su retirada, ya que el malecón que hasta 2007 servía de pasarela está muy dañado y puede resultar peligroso transitar por él.
Una vez en la isla, una escalerita de piedra te adentrará en un paisaje agreste de matorral y pinos. Antes de empezar a explorar los caminos, fíjate en el plano de situación para localizar cada una de las obras y, a partir de ahí, busca los pequeños tesoros diseminados por todo el periplo. Frente a cada escultura, un tronco te indicará el punto exacto para tener la mejor perspectiva de la obra. Cada una de ellas representa y está bautizada con el nombre de los países que Arriaga visitó: Mauritania, Senegal, Mali, Burkina Faso, Nigeria, Chad… «Igual que los escritores de viajes plasman sus aventuras en un libro, yo he querido transmitir mis experiencias a través de la escultura y espero que el visitante, cuando se encuentre con mi obra, pueda sentir algunas de las sensaciones que tuve en África», explica el autor.
Además de ‘Theresse’, compuesta por barro seco y madera, hay otras figuras que incluyen materiales como el serrín, en recuerdo de las dunas de Namibia, o los cacahuetes, alimento que, en una situación desesperada, quitó el hambre al artista en medio de África. También está reflejada en otra escultura la angustia que Arriaga pasó en un control fronterizo cuando le apuntaron con un arma en la cabeza.
La última, dedicada a Sudáfrica, está acompañada por textos de Juanjo Elordi, escritos en cuatro lenguas, que explican el significado de cada una de las obras. Además de acoger esta muestra, Garraitz te ofrece todo el arte de la naturaleza y el mar con una de las vistas más bellas del Cantábrico. A un lado el puerto de Lekeitio, al otro la costa guipuzcoana y Francia.
Después de recorrer la isla, dirígete al puerto, donde se celebra cada 5 de septiembre la tradicional y famosísima fiesta del Antzar Eguna (día de los gansos), para impregnarte del sabor y la tradición de esta villa marinera. Allí hay otra escultura más de Arriaga, llamada ‘Euskal Herria’, que simboliza la partida de su periplo por África. Junto a numerosas embarcaciones de pesca y recreo, se encuentra atracado el Playa de Ondarzabal, una joya del pasado al que se puede subir para conocer de cerca la vida ligada al mar que ha marcado la historia de Lekeitio y ha sustentado desde tiempo inmemorial a sus gentes.
Con una cubierta de 23 metros de eslora, esta embarcación de madera se hacía a la mar hasta hace pocos años, pero la modernización de la flota la convirtió en un pequeño museo dedicado al arte de la pesca, en el que se muestra cómo se salía a faenar antes, los utensilios utilizados, cómo era la vida a bordo y las diferentes técnicas que se usaban. El horario de visitas es de martes a domingo, de 17 a 21.30 horas y los fines de semana también de 11 a 14.30 horas.

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