Cementerio de Polloe
Plaza Polloe, 4, Teléfono: 943 320 555. Horario de invierno: 9.00 a 19.00 horas. Qué ver: La cueva tremenda excavada en la trasera de una de las tumbas de la calle principal. Abandonada, la puerta cayó y la hojarasca muerta se ha apoderado de las escaleras. El monumento, invadido por la vegetación exuberante, casi caribeña, en recuerdo a los soldados que lucharon en Cuba y, enfermos de fiebre de la caña, fueron repatriados para que murieran en San Sebastián. Entrando por la puerta de la izquierda, el ramo de flores depositado hace nada por su regimiento escocés en la tumba de Sir Gilbert, muerto en el siglo XX.
Cementerio de Igeldo
Paseo de Orkolaga, Igeldo. Horario: se cierra al caer el sol. Qué ver: El reloj que marca inmisericorde las horas de nuestra vida. La tumba de la ilustrísima marquesa que descansa entre marinos, sidreros y pelotaris.
Cementerio de Altza
Larraundi, 14, Altza. Teléfono 943 352 480. Horario de invierno: 9.00 a 19.00 horas. Qué ver: El panteón de los Churruca, las estelas funerarias vascas y entrando a la izquierda, contra el muro al fondo, la tumba absolutamente eslava de un marino ruso que matrimonió con una dama altzatarra.
Cementerio de los ingleses
Ladera norte del monte Urgull, accesos actuales: parking del Paseo Nuevo y trasera de la Basílica de Santa María. Horario: el monte se abre y cierra cuando el sol sale y se pone. Qué ver: La tumba del bravo mariscal vascongado Gurrea y la de William Tupper, fallecido en la batalla por la toma de Ayete. El monumento erigido por la ciudad en 1924 sobre la roca misma del monte. Azotado por las tempestades y el olvido, sus figuras se alzan descabezadas, destrozadas, pero aún victoriosas.
Cuatro cementerios tiene San Sebastián y en los cuatro se nos recuerda cómo se pasa la vida, cómo se llega la muerte. En Polloe, el principal por ser el más habitado se lee sobre sus puertas de piedra: ‘Pronto dirán de vosotros lo que de nosotros dicen…¡murieron!’ En el más pequeño, en el cementerio marino/agrícola de Igeldo, sobre la caseta donde la luna proyecta la sombra de las cruces se talló la inquietante locución latina que anuncia la llegada de la Dama de la Guadaña cuando nuestro tiempo sea cumplido: ‘Omnes vulnerant, ultima necat: Todas hieren, la última mata’. Ese todas son las horas de nuestras vidas, pero como somos un pueblo que sabe convivir con la muerte no es menos verdad que el primer escudo del equipo de rugby Bera Bera consistió, en tiempos, en un balón, una copa de vino y la sentencia terrible.
En Polloe hay enterrados rugbymen, naturalmente, y las tinieblas se apoderan de la zona donde yacen niños que vivieron sólo un suspiro. Por el día, los muchachos de la ikastola de arriba se cruzan, atajando caminos con las mozas de la ikastola de abajo. Florecen los magnolios y ratoncillos devoran el dulce ofrendado a los difuntos. En invierno las sombras persiguen a los ciclistas que atraviesan este jardín de los muertos y los vivos.
‘A los héroes que sólo Dios conoce’ se lee en el más arrebatadamente romántico de los camposantos donostiarras, el Cementerio de los Ingleses, situado en el monte Urgull, lugar de descanso eterno de los militares de la Legión Auxiliar Británica que en 1835 se unieron a nosotros para defender al San Sebastián liberal del negro avance carlista.
En el fosal del barrio de Altza, rodeado por los seres vivos que habitan una de las colinas más pobladas de Donostia, se lee la genealogía misma de esta ciudad. Lugar magnífico que fue de caseríos y casas solariegas, Altza muestra en sus lápidas cómo los pueblos se cruzan y reproducen. En los panteones más antiguos son los apellidos vascos los que aparecen, señores de la labranza y altivos marinos como Churruca. Al tiempo surgen los apellidos gallegos y cuando una generación transcurre queda fijada en las piedras la soberbia mezcla pues junto a Goñi descansa Feijóo y los señores de la Casa Nao yacen cerca de marinos rusos muertos en el mar mientras el pueblo espera cada año, por estas fechas de Difuntos, que una de las casas más señoriales mantenga la bella tradición de cubrir la tumba de los suyos con un paño negro sobre el que colocan un farol encendido. Quizás sea para mostrar a quienes en el Más Allá están el camino hacia quienes en el Más Acá aún estamos. Porque en estos días, es cosa sabida, los cielos se abren para que ellos festejen entre y con nosotros, que no les olvidamos.
Los otros
Desde 1878, los enterramientos practicados en Polloe reflejan cómo ha variado nuestra relación con la muerte. Antes los epitafios eran desgarradores, las calaveras de piedra, inquietantes y los ángeles lloraban por los siglos el recuerdo del ausente.
Hoy, las cruces son filigrana de mármol y la gente pasea al sol entre los suyos o lee bajo los árboles junto a las lápidas que los añoran. Aquí duermen Bilintx y Clara Campoamor. Y también los últimos soldados de Cuba, un judío tangerino, artilleros alemanes muertos en Stalingrado y aviadores ingleses caídos en Italia. Son los otros, los que, antes debían ser enterrados al otro lado por no ser cristianos. De pequeños, sus tumbas nos fascinaban. Por prohibidas. Había túmulos hebreos y el recuerdo se expresaba en idiomas que parecían remotos.