Los estudios antropológicos más serios y sesudos sobre el sentimiento de felicidad entre las gentes de todo el mundo han llegado hace tiempo a una serie de conclusiones. Por ejemplo, tomados los datos globalmente, toda la población mundial es razonablemente feliz. Con otras palabras, su sensación de bienestar, en una escala de cero a diez, supera el cinco. Hay variaciones locales -así, el aprobado más raspado lo otorgan los japoneses, mientras que los latinos llegamos casi al notable-, pero estadísticamente todos vivimos moderadamente contentos, a pesar de las tragedias personales.
También se deriva de este tipo de análisis cuáles son los condicionantes más importantes para sentirse feliz. No se sorprenderán demasiado si les digo que, resumidos en forma castiza y cantable, los factores fundamentales de la felicidad son disponer de salud, dinero y amor. No tengo aquí espacio ni oportunidad para glosar todo el significado importantísimo de las profundas cavilaciones antropológicas y médicas sobre la sensación de bienestar. Sólo debo hablar de la verdadera relación que hay entre ellas y los planes de pensiones.
Algunos tenemos arraigada en lo más íntimo la vocación de jubilados. Y queremos ser jubilados felices, para lo que necesitaremos salud, dinero y amor. La salud la proporciona, en buena medida, el azar genético y biográfico; el amor, debemos buscarlo y cuidarlo. Pero como no nos va tocar la lotería, no está de más, en la medida de lo posible, intentar ahorrar para los tiempos de felices jubilados. Vale que quienes ganan de verdad son los bancos y ellos deberían asegurar las pensiones, pero bueno, el sistema no va a cambiar a nuestro arbitrio. ¿Ah! Que tengan un 2006 lleno de salud, dinero y amor.