El Correo Digital
Lunes, 2 de enero de 2006
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OPINIÓN
ARTÍCULOS
El tiempo de los pelotas
La Navidad es el tiempo preferido de los aduladores. Pelotas profesionales con sonrisa babosa y bobalicona que hacen de lo políticamente correcto todo un arte del cinismo y de la hipocresía. En absoluto es nueva esta especie de ser medroso y calculador que convierte la espalda del peloteado en todo un campo de acción para el logro de sus objetivos. Recuérdese, por ejemplo, la recua de aduladores que acompañaban al caudillo en cada uno de sus desplazamientos. Todos contentos y alegres, con ojos brillantes de emoción y una sonrisa... El gesto de la felicidad perfecta asomaba por su boca por el mero hecho de estar junto a quien, por ser quien era, podía arreglarles esto o aquello. Lo mismo daba.

Los pelotas no son una especie en extinción. Abundan como la tiña. Están en todas las partes en las que se encuentre una buena fuente de influencia. Por pequeña que ésta sea, si es capaz de dar algo, tendrá un pelota a su lado. Tampoco les influye el sistema político del que se trate. La gozan con los dictadores y la supergozan con la democracia, por aquello de que las libertades dan más margen para acariciar espaldas ajenas. Sólo un cambio es apreciable entre los pelotas de Franco y los de nuestros días. Hoy, la adulación se denomina lo 'políticamente correcto'. Es decir, que para satisfacer al que manda -que también tiene lo suyo-, se es capaz de hacer y decir lo que, por convicción, uno tendría prohibido pero que bien sabe que, con sus palabras, regala los oídos ajenos.

No obstante, no se olvide que tanto mayor es la dicha del adulador cuanto mayor es el placer que siente el adulado. Y ¿vive Dios! que en este asunto nuestros políticos y empresarios -también llamados patronal- son auténticos profesionales. Sobre todo los primeros, que tiene mayor pecado. Fíjense, si no, en esas visitas oficiales que, pongamos la de un alcalde de cualquier localidad -no hace falta que sea imaginaria-, realice a un barrio, a un centro patrocinado por el Ayuntamiento pertinente o a un hogar de jubilados a estrenar. Días antes se avisa a todo el mundo para que en la fecha prevista se duchen, se afeiten, se depilen cejas, axilas e ingles y lo tengan todo en perfecto estado de revista. Incluso se ruega que, a ser posible, enmudezcan. Es decir, que sean políticamente correctos. Vamos, que se transformen en pelotas a la fuerza. ¿Que no se mueva ni Dios!, es el lema que lo preside todo. De ese modo, el gobernante implicado se la goza porque se siente importante y se va del lugar -tras haber comido y bebido la mayor parte de las veces- pensando que es un tío cojonudo que hace las cosas tan bien que provoca en la gente una increíble sensación de felicidad. Al menos le sonríen y le aplauden. De esa forma se olvida que es él el que tiene que hacer la pelota a la gente. Adularles hasta la extenuación haciendo bien aquello para lo que le eligieron. Esto sí que sería políticamente correcto. Lo otro no es más que baboseo ñoño y estúpido. Propio, por desgracia, de estas fechas navideñas y de los pelotas profesionales.



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