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Lunes, 2 de enero de 2006
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OPINIÓN
ARTÍCULOS
El mito del Año Nuevo
Los cristianos, con gran intuición, remitificaron desde la tradición histórico bíblica el mito natural del Año Nuevo. Pertenece, sin duda, al menos a la religiosidad terráquea del neolítico, la sacralización de los ritmos naturales, de las estaciones, de los pasos del invierno a los inicios de la ascensión hacia la primavera. Posteriormente la atención del cielo, de los ritmos cósmicos, especialmente solares, trajo consigo la mitificación del tránsito del sol declinante y viejo al sol naciente. No tiene nada de extraño que los cristianos vieran en Cristo realmente la figura del Nuevo Sol, de la novedad amaneciendo pero ya no sólo en la naturaleza, sino en todos los registros de la vida humana y social. El mito de Año Nuevo queda así historificado y abierto a las esperanzas del corazón humano, al deseo de una vida humana realmente nueva.

En el fondo de todo mito laten verdades que no acertamos a decir de otro modo. Los argumentos y racionalizaciones se quedan cortos y nos fallan. La intuición mito-simbólica del Año Nuevo tiene una gran fuerza que apela a registros de la sensibilidad y del deseo, de las expectativas y esperanzas humanas. Incluso por debajo o más allá del mercantilismo consumista que todo lo ahoga en mini sentido y mini esperanza, pretendidamente comprados en un supermercado, queda la inevitable ansia de otra cosa.

El corazón humano ansía otra cosa que rompa con el ritmo de lo viejo conocido, con sus secuelas de dolor, indiferencia, desgarro, hambre, amenaza y muerte. ¿Quién no desea un mundo distinto, diferente, nuevo, al ver todos los días la brutalidad humana hecha guerra, atentados, discordia y muerte? ¿Quién no desea que pase la pesadilla de Irak, de Palestina, del olvido de África, del terrorismo, de la marginalidad de los excluidos y parias de nuestra sociedad española con un 20% de pobres? ¿Y quién no desearía un mundo nuevo, pacificado, donde no hubiera centenares de millones de hambrientos, ni analfabetos, ni violencia alguna gratuita, ni agravios por colonizaciones ni genocidios farmacéuticos, ni guerras preventivas, donde amaneciera un sol de justicia real y de fraternidad humana?

La novedad se niega a aceptar la continuidad de lo viejo. Quisiera introducir una ruptura: la interrupción de lo que hasta ahora se ha mostrado no sólo caduco sino bárbaro e inhumano. La novedad tiene mucho de deseo de un futuro distinto. De ahí que, como visualiza el mito natural, apunte hacia el rebrotar primaveral de la nueva vida. El mito expresa soterradamente la rebelión contra lo que no debe continuar. Hay que salir de esta situación de invierno, caducidad y muerte hacia la vida nueva.

Ahora bien, cuando claramente giramos la atención hacia la vida humana, la sociedad, el mundo construido por los hombres, ¿qué expresa el mito del Año Nuevo? No se ansía una renovación natural, sino una revolución social. Se quisiera, se desea y anhela, que esa sociedad miserable e inhumana descrita no siga. Que se instaure otra cosa, nueva y mejor. Detrás de toda propuesta de cambio social late este mito de lo nuevo. Hasta el día de hoy el mito del Año Nuevo recorre las propuestas políticas renovadoras: los nuevos tiempos, nuevas fronteras, nueva utopía, nuevo talante La novedad parece, además, uno de los tics mito-utópicos absorbidos por la modernidad.

La mirada hacia el horizonte del futuro, la ira profética frente a la injusticia y caducidad de lo presente, el afán de trastocar hasta los cimientos de este orden presente serían manifestación de quien está lleno de esperanza. El mesianismo late en los ojos de los esperanzados sociales y religiosos. Claro que como todo lo humano puede desvariar, y la fiebre esperanzada degenerar en la brutalidad revolucionaria, fanática o del visionario. Por eso, que no es extraño que la esperanza fuera vista con malos ojos en el mundo griego. Se necesitó de la purga cristiana para introducir las semillas mesiánicas del descontento. Y siempre pende sobre ella la actitud desconfiada de las mentes y corazones sensatos.

Al final, el mito del Año Nuevo es expresión del corazón humano, del exceso que le habita y no se conforma con lo que hay. El impulso hacia la novedad está movido por la esperanza. El ser humano es un ser de esperanza, como viera E. Bloch. La apertura de la esperanza apunta a un futuro donde crezca una vida nueva, distinta, verdaderamente humana. Una apertura que rompe las fronteras de la historia y queda anhelando un futuro donde la mudez cósmica no tenga la última palabra (H. Blumenberg), ni el verdugo triunfe sobre la víctima (M. Horkheimer). Lugares comunes del pensamiento que atisba la esperanza de un mesías encarnado con un futuro de una novedad radical que ya se inicia aquí (J. Moltmann).

El latido de lo nuevo expresa el anhelo esperanzado de que el ansia humana no se frustre. Renunciar al mito del Año Nuevo equivale a encerrarse en lo conocido, en lo viejo y caduco. Significa no esperar ya más. Abandonarse. Tiramos la toalla y ya no concebimos la vida como «un laboratorio de experimentación de lo posible» (E. Bloch).

No estamos en tiempos muy esperanzados. El mito del Año Nuevo fenece. Sospechamos, incluso, que crece el contra-mito del mantenimiento de lo que hay. Este mito es, a decir, de R. Musil, el peor y más peligroso de los mitos: el mito del 'estatu quo'. Y recorre nuestro mundo. Muchos proclaman que casi estamos en el mejor de los mundos posibles o en el 'final de la historia'. Una forma de ocultar las vergüenzas de nuestro mundo y especialmente nuestra comodidad. Una claudicación moral, que no acepta ni el malestar del recuerdo de lo nuevo, ni la inquietud desasosegante de otra cosa. Sin embargo, por debajo de la marea consumista del Año Nuevo late el ansia de lo distinto. Una débil esperanza.



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