El Correo Digital
Lunes, 2 de enero de 2006
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OPINIÓN
ARTÍCULOS
Hola, Tarradellas
El inolvidable Josep Tarradellas legó su archivo personal al monasterio de Poblet. Ahora, 17 años después de su muerte y 25 años después de que dejara de presidir la Generalitat, el profesor Sánchez Cervelló ha publicado una parte de su correspondencia. El libro 'Los papeles de Tarradellas' ha sido prologado por Carlos Rojas y contiene comentarios de interés, sería mala señal que pasara inadvertido. En la hora presente la figura del viejo e inteligente político constituye un poderoso faro de buen hacer, sensatez, firmeza y concordia que sería imperdonable desatender.

Su amigo anarquista Diego Abad de Santillán le escribía hace cuarenta años que había bastante confianza entre ellos para discrepar sin que eso supusiese distanciamiento alguno. Tarradellas quiso manifestarse siempre honorable, hombre de pacto en quien se podía confiar. Sabía conjugar la firmeza con la ductilidad. A Manuel de Irujo le pudo decir en 1951 que creía que «con un poco más de humildad y generosidad espiritual por vuestra parte» se habrían podido evitar problemas absurdos y lamentables. Tenía claro que no conseguiría sus propósitos «ni con orgullo ni con frivolidad», y once años antes del fallecimiento del dictador deploró que «algunos antifranquistas -quizá inconscientemente- lo que consiguen es contribuir a que el régimen de Franco sea cada día más fuerte».

De la mano de Adolfo Suárez volvió como presidente de la Generalitat en 1977 y se dirigió al pueblo con su célebre «Ciutadans de Catalunya. Ja sóc aquí!». Tres años más tarde le dio el relevo a Jordi Pujol, a quien acusaría de olvidar que la Generalitat es una institución de todos los catalanes. Andrés Casinello fue enviado por Suárez para entrevistarse con Tarradellas en Saint-Martin-le-Beau. En su informe de 1976 destacó de él su búsqueda de coincidencias afectivas, declarándose catalán y español: «Hay que meterse en su casa, donde todo es pobreza, para entender su dignidad. La Banca Catalana le montaría un palacio, pero él vive en una llanura fría del centro de Francia, con una calefacción tibia, sin baño, con muebles que ya no usan los suboficiales y sólo el lujo de una buena biblioteca y un tocadiscos». Creía que Cataluña es demasiado pequeña para menospreciar a algunos de sus hijos y lo bastante grande para que todos quepamos.



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