Hay una literatura de invierno muy propensa a lo angelical, cuya sustancia se nutre de bienintencionados consejos morales propagados los primeros días del año. Su éxito radica en que encuentra a casi todos los lectores cargados de los mejores propósitos de enmienda, y por tanto muy receptivos a escuchar sentencias como «la sabiduría está en el instante, aprovéchalo», o «el secreto de la felicidad no es hacer lo que se quiere sino querer lo que se hace». Con estas mezclas de medicina senequista y de aroma a orientalismo de bazar se han forrado bastantes escritores y profetas de la autoayuda, incluso tras haber sido descubiertos en flagrante delito de plagio. Enero, ya digo, es un mes de vientos favorables a los sermones descafeinados, las dietas vegetarianas y los ejercicios introspectivos de conciencia. Pero lo que necesita la mayoría de los mortales por estos días son cosas más útiles. Le hacen falta trucos para llegar a fin de mes tras el vaciado de bolsillos, remedios contra los problemas digestivos, en fin, cosas menos espirituales porque la parte psíquica ya la tiene sobradamente cubierta con sus propias cavilaciones. Así que permítanme darles un consejo práctico ante la que se nos viene encima desde ahora. Se habrán fijado ustedes en la infinidad de aparatos de tamaño minúsculo ideados para tomar imágenes en cualquier lugar y circunstancia. Será raro que en esta orgía de cachivaches aún activa no hayan regalado o recibido alguno de ellos. Bien, pues mi consejo es que lo tengan presente. Que se sepan vigilados por miles de ojos irreconocibles capaces de atrapar no sólo sus pasos por la calle, sino también ese estornudo inoportuno, aquel gesto de malhumor pasajero, el fatídico instante en que el viento les alborota el peinado, es decir, situaciones comprometidas. Ya sabíamos de la pérdida galopante del espacio para la intimidad y de la conveniencia de cerrar puertas y ventanas de la casa para no ser espiado contra la propia voluntad. Pero ahora ya no hay defensas que valgan. Los gamberros urbanos en el metro de Tokio sacan fotos a las chicas por debajo de sus faldas sin que éstas se den cuenta. Ahora cualquiera puede hacerse con una cámara que te inmortalice comiendo, bebiendo, bailando, copulando o muriéndote en la mesa de operaciones. El corolario del consejo es sencillo: cuando vayas al retrete, actúa como si estuvieras presidiendo un pleno del Senado. No se te ocurra entrar a la frutería con los zapatos sin lustrar. Luce la mejor de tus sonrisas en la parada de autobús. No te metas el dedo en la nariz cuando esperes el semáforo verde. De no hacerlo así, el día menos pensado cualquiera podrá hundir tu reputación mostrando una instantánea que te ponga en evidencia.