Cuando oímos hablar tanto de cohesión territorial y unidad patria, a colación de la reforma estatutaria catalana y del peligro que ésta parece representar, según ciertas lumbreras políticas y mediáticas de nuestro país, me gustaría hacer unas humildes reflexiones al respecto. Primero, un país se vertebra territorialmente, sobre todo, por la voluntad de sus ciudadanos de pertenecer a una misma unidad política. Segundo, unidad política no implica uniformidad, ni exclusividad en cuanto a la visión de esa estructura unitaria política. De lo anterior se extrae que, por el hecho de la existencia de vocingleras minorías independentistas, o de furibundos e irredentos centralistas negadores de cualquier diversidad, no existe riesgo por profundizar en el régimen de autogobierno de las diferentes regiones y nacionalidades, mientras una mayoría de la sociedad opte por mantener el actual Estado, aunque sea un Estado de configuración federal. España puede definirse como una nación de naciones y mantenerse como un Estado unitario si en él brillan la libertad, la justicia social y el respeto a los derechos fundamentales, es decir, si somos capaces de organizar un Estado del cual todos nos sintamos orgullosos y en el que nos podamos desarrollar plenamente como ciudadanos. Así se hace patria, y no con ciertas soflamas de triste recordatorio.