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Lunes, 2 de enero de 2006
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Nueva Orleans entierra el 'Katrina'
La cuna del jazz, destrozada por el huracán que la asoló el 29 de agosto, resucita el espíritu del Barrio Francés para despedir a su 'annus horribilis'
RECUERDO. Melvin Joseph lleva en brazos a su hija Catiana durante un acto conmemorativo en un barrio de Nueva Orleans. / AP
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«¿No tenéis ni idea las ganas que tenía de dejar atrás 2005!», dijo entusiasmado el alcalde de Nueva Orleans, Ray Nagins, a las miles de personas que se echaron el sábado a las calles del Barrio Francés para celebrar la esperanza de un nuevo año.

Nadie entre el público dudaba de que su alivio era genuino. De hecho, el espontáneo ejercicio de terapia colectiva que se celebró esta Nochevieja en las calles más famosas de Nueva Orleans pretendía ser el principio del fin de un 'annus horribilis', marcado por el apocalíptico huracán 'Katrina', que a punto a estado de enterrar la cuna del jazz para siempre.

«¿Decían que esto no podría ocurrir, que Nueva Orleans había muerto, y hemos probado que estaban equivocados!», animaba el alcalde de color.

En el escenario de la plaza Jackson, los músicos tocaban jazz con más sentimiento que nunca, salpicados por los personajes más carismáticos de la ciudad y dosis de la música cajún que surgió en los pantanos de Luisiana. A la medianoche, tras gritar la cuenta atrás a todo pulmón, la muchedumbre inundó las calles del Barrio Francés sin parar de bailar y saludarse unos a otros, hermanados en el sufrimiento colectivo que dejaban atrás y la necesidad de creer en el futuro.

La espesa niebla que impidió lanzar los fuegos artificiales tampoco permitía ver más allá de esta calles fundadas por los franceses que burlaron las inundaciones. Allí, el 80% de los bares y restaurantes ha reabierto en las últimas semanas, para deleite de músicos y poetas, que, sin los turistas ni los fanáticos del fútbol americano que por estas fechas invadían la ciudad, comparten el famoso espíritu de Nueva Orleans con los temporeros que trabajan en la reconstrucción.

Pero más allá de estas 120 manzanas, que en realidad suponen una mínima parte de la ciudad, sólo los fantasmas pueblan la desolación. Se puede conducir durante horas sin salir de la más absoluta desolación. Kilómetros sin encontrar una casa habitada, en el mejor de los casos, porque en las zonas adyacentes a los canales, cuyos diques reventaron con la fuerza de un 'tsunami' y el sonido de una enorme explosión, ni siquiera se ven casas. Sólo tablones y escombros aquí y allá.

En la Parroquia de St. Bernard, término con el que esta ciudad de origen católico califican los distritos, vivían antes 65.554 personas. Las estimaciones más optimistas sitúan la población actual en 8.000. Según Craig Taffaro, adjunto al presidente de la parroquia, sólo 50 de los 50.000 negocios que existían han reabierto. El 98.5% de las casas están dañadas, y se espera que para final de marzo unos 10.000 propietarios hayan consentido a la demolición voluntaria de sus hogares, lo que sólo representará el 40% de lo que planean aplanar las excavadoras.

Desolación

St. Bernard es la más dañada de las diez parroquias que integran la llamada Gran Nueva Orleans, pero incluso dentro de la parroquia de Orleans, que es lo único que conocen la mayoría de los visitantes, 55.000 casas tendrán que ser demolidas. Allí donde la imagen de normalidad alienta el regreso de los diez millones de turistas anuales que nutrían la economía, la mayor parte de los establecimientos sigue siendo un mero escaparate, abrillantado con lunas nuevas, que nunca abre sus puertas por falta de empleados y clientes. Incluso los que exhiben orgullosamente el cartel de «¿Abierto al público!», avalado con el codiciado permiso oficial -la ciudad sólo dispone seis inspectores de electricidad, por poner un ejemplo, y la media de reconexión es dos meses-, funcionan a medio gas. Para ser exactos, con un tercio o menos de los empleados que tenían.

Periodistas, empleados del Gobierno federal, trabajadores temporales y miembros de las agencias humanitarias abultaran la estimación oficial de apenas 135.000 habitantes, menos del 30% de los que existían antes de que el 'Katrina' pasara por la ciudad a 230 kilómetros por hora. Aún así, la cifra representa un renacer poco anticipado hace justo cuatro meses, en los días de la catástrofe. Entonces, la mitad de los evacuados, en medio de aquellas dantescas imágenes de rescate en helicóptero y cadáveres en las calles, juraba que no volvería.

«No contaban con lo mucho que la gente de Nueva Orleans ama a su ciudad», asegura Isabelle Cossart, que cada día se pasea por todos los rincones en las furgonetas que solía llenar de turistas, observando cuidadosamente cada pequeño signo de vida.

Sin niños

«¿Mira! ¿Niños en bicicleta!», exclamó el viernes pasado. «¿Hacía tanto que no veía niños! ¿Nos hacen tanta falta!». No se equivoca. Los expertos sitúan la importancia de reabrir los colegios justo detrás de restablecer el fluido eléctrico, que sigue faltando en al menos un 30% de la ciudad. «Si la gente no puede escolarizar a sus hijos no va a volver», explica Kevin Mercader, desde el Preservation Resources Center lucha por mantener con vida la ciudad. «Cada día que pasa perdemos gente que ya no volverá, porque sus hijos se acostumbran a otro colegio y ellos encuentran trabajo».

El componente demográfico es una de las incógnitas que definirán la nueva Nueva Orleans. Si bien no es cierto que el huracán se cebara sólo con los barrios negros, aunque fuera este colectivo el que quedase atrapado por falta de recursos, los barrios exonerados eran abrumadoramente blancos de clase alta. En ellos el valor de las propiedades ha subido un 150%. Sus habitantes, que han sido los primeros en volver, al tener casas y dinero para reparaciones, son los que defienden que se mantenga el calendario electoral, que establecía la renovación de la alcaldía en febrero -ahora pospuestas para abril-. Con más de un millón de habitantes esparcidos por todo el país, el resultado no podrá ser representativo y, desde luego, no ayudará a los candidatos de color.

«Sé lo que quiere esta gente, yo vivo en Uptown y les oigo hablar. Quieren aprovechar la situación para deshacerse de los guetos y que salgan elegidos quienes a ellos les conviene», se indigna Gary Demont, un dramaturgo que nutre los clubs de jazz de la calle Frenchmen. Su preocupación por el impacto cultural es compartida por Merker. «No queremos que esto se convierta en Disneylandia», anticipa.

La otra gran incógnita, la de la vida y la muerte, está en los mapas meteorológicos. Los diques siguen rezumando agua bajo los sacos de arena lanzados desde helicópteros como parches de emergencia. En el mejor de los casos, el Cuerpo de Ingenieros del Ejército aspira a dejarlos como estaban antes del 'Katrina'. ¿Qué ocurrirá si la próxima temporada de huracanes, que empieza oficialmente el 30 de junio, vuelve a poner su ojo en Nueva Orleans? El ruego de que no remate su suerte estaba ayer en lo que todos sus habitantes pedían a 2006.



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