El Correo Digital
Lunes, 2 de enero de 2006
 Webmail    Alertas   Envío de titulares    Página de inicio
PORTADA ÚLTIMA HORA ECONOMÍA DEPORTES OCIO CLASIFICADOS SERVICIOS CENTRO COMERCIAL PORTALES
SOCIEDAD
SOCIEDAD
La vida sigue igual
El sentido común y las buenas formas presiden el primer día de entrada en vigor de la Ley contra el Tabaco, a la espera de lo que suceda hoy en los centros de trabajo
El día de Año Nuevo las ciudades son paisajes desolados después de la batalla. Ayer, primer día sin tabaco por decreto, en Bilbao se libraron pequeñas escaramuzas, humeantes pero incruentas. Al aire libre, Santiago Pisonero, un hombrón de 73 años, chupaba de la boquilla negra a la que había atornillado un 'BN'. En plena Gran Vía, acompañado de su hija Beatriz y de su cuñado Roberto, también fumadores, Pisonero despotricaba contra la ley: «Esto es una arbitrariedad más de la clase política. Mi nieto Jorge tiene una salud de hierro, yo he fumado en casa lo que he querido delante de mis 5 hijos y están todos sanos. Y subo al Pagasarri de espaldas. No he intentado dejar de fumar nunca porque soy feliz», sonríe, la cabeza cubierta por una tupida gorra castellana. «Esto cambiará -sentencia, misterioso- cuando los fumadores nos juntemos y empecemos a votar al gorila».

-¿Y por qué ha entrado en una cafetería para no fumadores?

-¿Porque me he equivocado! Si lo llego a saber no pongo un pie dentro. Pisonero se postula como futuro presidente de la Asociación del Tabaco Negro y de la Faria y advierte «esto es culpa de la cuádruple moral de los políticos. Fuman en el Congreso, queman las alfombras y nosotros se las tenemos que pagar», espeta a las puertas de la Cafetería Toledo. En su entrada, un pequeño adhesivo advierte: «En este establecimiento está prohibido fumar. No hay zonas habilitadas». Dentro, todo está en calma, sin una voluta ni esa atmósfera velada de después del café.

Es mediodía, víspera de la entrada 'efectiva' en vigor de la Ley contra el Tabaco, cuando la batalla se libre en talleres, oficinas y fábricas. Beatriz, la hija de Pisonero, piensa ya en lo que le espera hoy. Trabaja en una agencia de viajes, un nido de tensión, y va a tener que dejar de fumar por narices. Es un segundo piso y no le va a quedar ni el consuelo de la escapadita a la calle. «Los trabajadores lo vamos a pasar muy malamente», avisa. Sobre su cabeza, en los balcones, se ven dos de esos papa noeles trepadores que se han puesto de moda. Una pareja recién compuesta, de cotillón, se besa con la premura lógica de las circunstancias. En la misma cafetería de Gran Vía, Íñigo Bilbao, camarero, pasa las primeras horas del año aguantándose las ganas. «Antes podíamos fumar en la sala de servicio. Ahora hay que aguantar y, si no hay gente, tratar de salir a echar un pitillo. Aunque viendo cómo está el panorama...» La cafetería está petada y el jefe de sala no les quita ojo. Patricia Rojas, con su chaleco a rayas, ve cómo nadie fuma en el local y se crece en su decisión. «Lo dejé hace un par de meses. Mola», dice.

Mamá fuma

Fuera, Raquel Martínez, saca un paquete de su bolso de Loewe y enciende el cigarro al lado del cochecito de Julia, su bebé. Cuando se quedó embarazada bajó de cajetilla y media a cinco cigarrillos. Pese a todo, un triunfo para esta directora de recursos humanos. «En el curro me voy a morir. Podría salir a fumar, pero no puedo hacerlo, debo dar ejemplo porque no vamos a dejar que la gente se tome tiempo para el cigarrito. Trataré de seguir haciendo mi vida con normalidad. La norma no va a condicionar mi vida».

Estamos ahora en plena Plaza Nueva con sus mantas en el suelo, sus tenderetes potrosos y el inefable intercambio de cromos. Ahora son los Pokemon. En el interior del bar Urdiña se fuma a tutiplén. No hay cartel, pero su dueño, Iñaki Méndez asegura que el suyo es y será un local con humos. «He optado por lo más lógico». Por no perder clientes. Bajo su txapela de carpa de circo, un robusto ciudadano de cazadora negra y camisa de domingo se mete un 'rosli' entre pecho y espalda. «Como no voy a dejar de fumar sólo voy a entrar donde me dejen. Y donde no me dejen, pues no fumaré. Lo que no voy a hacer es dejarlo, a mis años», dice, como si, abandonar la adicción, fuera, en estos tiempos de agobio, una rendición. Javier Bilbao, al que llaman 'Petróleos', asiente y aguanta al lado de su amigo, empapado del pesado aroma. Pero, como él dice, «más vale la compañía que un poco de humo».

La risa de Lola Galera

En 'Poza 46' Lola Galera, almeriense de Olula del Río, alterna con su marido Javier Navarro y con sus hijos Borja y Marta. Lola es de medio paquete al día. Javier colgó la chapa con las uvas.

-Lo he dejado por la ley, dice.

-¿Y la calaíta que te has pegao hace un rato?, le chista Lola, con su arrebatador acento andaluz. Javier se encoge de hombros. «En casa no fumamos y no queremos que nuestros hijos fumen porque no es bueno para nadie. Así que aceptaré la norma», explica Lola.

En la calle, Leire Ortúzar toma un chisme. A sus pies, 'Chucha', su perra. Leire tiene un bar en Madrid 'La tetería de la abuela', un sitio donde dejará fumar. «Mis clientes lo hacen y no me quiero quedar sin ellos».

No hay conflicto en Bilbao. Todos respetan la norma. Hay niños en los bares de fumadores, acompañados por sus padres como David Arnáiz, fumador de coche y calle. «Es que soy inspector de gas, así que en el trabajo nada de nada». También hay protestas. «Es una ley dictatorial. ¿Somos unos apestados? Nadie se ha planteado las bajas por estrés. El Gobierno este lo hace todo por cojonada», espeta Luis Redondo. En el dolceVita unas fotocopias señalan el área de fumadores. De momento, explica Andrea, no hay mamparas ni espacios de separación. Al lado de una columna, Eduardo Martínez prende un 'habanos' con su mechero, un 'ronson' histórico, con diseño como de Rolls. En una mesa cercana, Patricia y Sandra toman el aperitivo. «He visto gente fumando -explica Eduardo- así que he entrado a tomar una cerveza. La medida me parece totalmente exagerada. Hay otras formas para mejorar la salud y el medio ambiente. Llegará el día que prohíban el jamón porque engorda. Y yo no necesitaba una ley para respetar a los demás, a los que no fuman. Lo he hecho siempre».



Vocento