Año Nuevo, vida nueva. En los tiempos bíblicos los profetas no hablaban con Dios, conocían su voluntad después de examinar signos. Durante los años 20 y 30 del siglo pasado los signos en el País Vasco eran de buen augurio. Teníamos a Paulino Uzcudun, que llegó a pelear por el campeonato del mundo de los pesos pesados de boxeo. Y el Athletic se exilió durante la guerra y anduvo por esos mundos de Dios derrotando a selecciones nacionales. Con estos signos todos teníamos el orgullo de ser vascos. Con Franco los signos seguían siendo de buen augurio. Entonces teníamos a Urtain. Guipúzcoa era la provincia que tenía más jugadores en la Liga nacional de fútbol de Primera División. El equipo nacional estaba formado por vascos, con algún refuercillo carpetovetónico. Y, por supuesto, el portero venía siendo vasco desde la más remota antigüedad. Además, siempre había dos equipos nuestros en Primera División, más un filial del fútbol vasco: el Barcelona. Ni que decir tiene que las banderas de la Concha nunca salían de Euskadi; eran para Orio o Pasajes. Todo esto se ha ido al carajo. No sé si Jaungoikoa nos ha dejado de la mano, o si nosotros nos hemos olvidado de Él.