El hombre institucionaliza sus miedos y deseos y, con el tiempo, las instituciones se pervierten. Nadie cuestiona que los políticos mienten, que las iglesias, todas, trampean en mayor o menor medida; que la justicia padece ataques de ceguera... Sin embargo, durante centurias, existieron dos productos humanos al margen de la corrupción: la poesía, sublime, marginada, amada y odiada, pero respetada en su grandeza. Y la ciencia, prohibida al poder y al mercado.
Claro que, para librarse de la corrupción, tanto la una como la otra exigían a sus acólitos un altísimo precio por ingresar en el reducido gremio. Ni eran democráticas, ni perseguían la fugaz gloria de la fama. No servían ni a reyes ni a mercaderes. Buscaban la gloria del conocimiento y en tal empeño ponían vida, hacienda y honor.
Hoy, la vida se pone al servicio de la hacienda y el honor ni existe por entre los últimos escalafones de nuestras preferencias. Llegados a este punto, la ciencia, con minúsculas, vive pendiente de las financiaciones: quien paga manda e impone qué se busca; pendiente de las fotos y los minutos de pantalla: competir con el morbo de la basurilla es dura tarea. Por tanto, es menester llegar primero a la meta, sin importar el dopaje de mentiras necesarias, ni los fraudes imprescindibles. Asesinada la ética, ruborizado el honor, sólo cuenta el mercado.
Algunos llaman a esta carrera hacía el vacío maldición. A veces, somos testigos de su encarnación. Hwang ha sucumbido a sus propias tretas y padece los peores efectos de tal maldición. Otros fueron más farsantes, jugaron con vidas humanas y se murieron en plena gloria, para cuando se descubrían los efectos perversos de sus 'aciertos', a nadie interesaba sacarlos a la luz. ¿Alguien recuerda a los psiquiatras que pusieron de moda la lobotomía? Se realizaron miles, a personas vulnerables: huérfanos, locos sin familia, indigentes... Años después se supo que tal práctica convertía a los infelices en seres autómatas incapaces de sentir. Eso sí, sin agresividad ninguna.
Demonizado el científico coreano Hwang por falsear datos y colgarse medallas trucadas, queda por aclarar la trama negra de intereses camuflados tras los laboratorios donde unas cuantas mentes privilegiadas hacen funcionar sus mejores neuronas al servicio, no de la Humanidad, sino de brujos financieros, centros de inteligencia pululando por las cloacas del poder y otras hierbas similares. Perdido el honor, sólo resta cobrar su pérdida en dólares.
Mientras, al común de los mortales tan sólo nos queda rezar para no llegar a ser conejillos de indias pasivos en un mercado cada día más feroz y combativo.