Al buscar lo imposible, el hombre siempre ha realizado y reconocido lo posible, y aquéllos que sabiamente se han limitado a lo que creían factible jamás han dado un solo paso adelante. Yo quiero ponerme en el lugar de un terrorista y, más concretamente, en el lugar de un kamikaze. ¿Cómo vería el mundo? Sería el enemigo del mundo desarrollado y lo rechazaría. También pensaría lo contrario que los demás: lo que el mundo entero viera blanco, yo lo vería negro.
En épocas pasadas vivíamos dentro del marco de un mundo bipolar. Durante la Guerra Fría entre Estados Unidos y la Unión Soviética, los dos polos y sus habitantes pertenecían a un único mundo. Ahora el polo soviético ha desaparecido y cedido el terreno a EE UU. Pero el nuevo polo se ha vuelto confuso, puesto que su referencia, sobre todo en lo que concierne al kamikaze, sobrepasa los límites territoriales. Los hombres no pertenecen más que a su sola entidad humana, a la vida que practican en el presente. Tienen ahora una prolongación en el futuro y quizá incluso otra anterior en el pasado. También el presente debe someterse a las necesidades del futuro, a ese 'después de la vida', que puede leerse de distintas maneras. Las interpretaciones varían y se salen de los límites adoptados por las partes oficiales.
La relación entre el terrorista y el mundo que lo rodea se caracteriza por la hostilidad. Se puede afirmar que no hay coexistencia entre ellos, contrariamente a lo que pasaba durante la Guerra Fría y, más concretamente, cuando por parte de los dos extremos había grandes esfuerzos desplegados para superar el enfrentamiento. La relación entre Estados Unidos y la Unión Soviética se basaba también en la hostilidad. Pero esto no impedía que los dos países pertenecieran a una sola legitimidad, la de la ONU, y que practicaran de algún modo la filosofía de la 'coexistencia pacífica'. Cada uno reconocía la existencia del otro para salvaguardar la paz en el mundo.
Pero esto no ocurre entre el mundo del terrorismo y el de sus 'enemigos', pues en el régimen bipolar, a pesar del reconocimiento mutuo y de la pertenencia a una legitimidad común, existía una posibilidad de desencadenar una guerra. Sin embargo, hoy el terrorismo se ha propagado y ha generado una suerte de 'cuarta guerra mundial', con características relativamente diferentes de los conflictos anteriores. No se habla ya de guerras tradicionales: el terrorismo ha adquirido una importancia central y creciente en el nuevo orden. Hay una transferencia desde un sistema bipolar (donde se desarrolla una confrontación entre el Norte, rico y fuerte, y el Sur, pobre y víctima de la escasez) a otro orden bipolar entre el Occidente capitalista y numerosos países orientales. Si no se formó un oponente terrorista frente al polo comunista fue porque el fenómeno del terrorismo difiere mucho del comunismo.
El odio del terrorismo hacia el capitalismo es administrado por la desesperación, la decepción y la incapacidad. El terrorismo se basa en el siguiente principio: «Si soy perdedor en todos los casos, que mi enemigo asuma también esta pérdida. Mis condiciones de vida son tan malas que tengo el privilegio de estar listo para morir, mientras que mi enemigo no lo está. Yo voy entonces a hacerle asumir lo que no quiere asumir. Por ello conseguiré mi objetivo, pero él no podrá realizar el suyo». Hay en esto un reto que es necesario destruir. Si el terrorismo propone el juego de la muerte, la lucha contra el terrorismo debe hacer prevalecer la vida humana. ¿Qué quiere decir esto? Que es necesario asimilar el hecho de que cuando la desesperación y la decepción dominan, todas las partes son perdedoras. Entonces, ¿cómo se pueden eliminar estas plagas? ¿Hay un modo de hacer que todas las partes resulten ganadoras?
El sistema económico actual se caracteriza por el hecho de que los ricos son cada vez más ricos y los pobres, cada vez más pobres. ¿Hay un medio de luchar contra esta tendencia general? ¿Hay un sistema para crear un mecanismo limitador de la riqueza de los ricos para paliar la pobreza de los pobres? ¿Es posible establecer un vínculo entre los dos e imponer compromisos mutuos? La intervención de la comunidad internacional tendría que ser más importante a favor de los pobres, de acuerdo con su grado de pobreza. Se crearía un mecanismo de lucha contra la 'independencia' de los ricos, contra las decisiones unilaterales que toman según sus únicos intereses. Algunos se preguntarían qué organismo podría gozar de tales prerrogativas, pero no debe abordarse la cuestión como una profunda injerencia, algo contrario a la línea seguida por la economía mundial desde la caída del orden bipolar. ¿Cómo se puede hacer frente a tal problema?
Esta misión podría formar parte de las operaciones de reforma de la ONU, que deben imperativamente ser asumidas en un futuro próximo. Citemos como ejemplo la necesidad de ofrecer una prueba de que la lucha contra el terrorismo se toma realmente en serio y también de que se ha dejado de hacer promesas sin fijar un plazo para cumplirlas. En primer lugar, las iniciativas deben partir de la parte rica, que debería anular la deuda de los países pobres. Los elementos armados ilegítimos, fuente de confrontaciones militares y de operaciones de violencia, se integrarían en las fuerzas legítimas. También podría activarse una supervisión jurídica en la creación y formación de las distintas instituciones, al mismo tiempo que se creara un sistema que equilibrase los poderes ejecutivo, legislativo y judicial.
Éstos son simples ejemplos de lo que puede hacerse. Se puede intentar suprimir el terrorismo, pero es necesario darse cuenta de que esta misión es tan importante como la reforma del orden mundial en su totalidad. No debemos perder la fe en la Humanidad, que es como el océano: no se ensucia porque algunas de sus gotas estén sucias.