Las lágrimas de Jon Ander Quincoces se transformaron como por arte de magia en una enorme sonrisa que iluminó su rostro. Por la puerta de la Policlínica San José, las coronas y los magníficos ropajes delataron la llegada de Sus Majestades de Oriente.
Melchor, Gaspar y Baltasar se acercaban resplandecientes, sin síntoma alguno de la ajetreada noche vivida el jueves por las casas vitorianas. Renovados y dispuestos a repartir un poco de amor e ilusión a los ancianos y enfermos de once centros sanitarios y residencias de la ciudad.
«Espero que pases un año muy feliz y con mucha salud», deseó el rey de la blanca barba a Margarita, obligada a pasar estos días ingresada en la Policlínica. «Pensaba que me iban a regalar un frasco de Channel número 5», apuntaba entre bromas. Tuvo que conformarse con unos caramelos, que también contribuyen a endulzar el día.
Más de media hora después, los Reyes Magos desembarcaban en la residencia Ajuria precedidos por los sones de villancicos populares que los acordeonistas desgranaban. «¿Vienen motorizados!», exclamaban los residentes, ilusionados.
Allí estaba Alicia Peña, que, decidida, saludó con dos sonores besos al trío real. Su camisa floreada iba acorde con tan festivo día. «He procurado ponerme guapa para la visita», comentaba. Seguro que la colonia y las cremas que le habían regalado contribuían a ello.
Un poco apartadas, Florita y Milagros Silva observaban con atención el regio recorrido por los módulos del geriátrico.
Emoción a raudales
Pero, sin duda, el momento cumbre de la jornada lo constituyó la visita al hospital Txagorritxu. Los primeros y más ansiosos por verles eran, cómo no, los más pequeños de la casa. Entre tímidos y expectantes, algunos se asomaban por las puertas de las habitaciones para echar un vistazo.
Más emotivas eran las visitas a los cuartos. En uno de ellos se encontraba Alejandro Echevarría, de año y medio. Su neumonía le había impedido disfrutar de las fiestas en todo su esplendor, por lo que su madre, Nuria, se emocionó agradecida cuando le regalaron el osito de peluche.
En otra planta, Izaskun Barcos ya había recibido su mejor regalo, y con dos días de anticipación: su hijo Asier. «Es maravilloso», aseguró. No pide más.