Afirman sociólogos y psicólogos que las matan cuando ya no pueden controlarlas. Antes, el hombre ordenaba y ellas obedecían y callaban o perdían al varón y la despensa. Cambiaron tiempos y leyes, eso sí, a golpe de protesta y muertas, que no se deja el león rapar la melena por muy inútil que resulte. Intransigencia con los asesinos, sin paliativos, sin eximentes... A golpe de ley.
Y esa intransigencia ha de mantenerse en el dificilísimo equilibrio entre el respeto a otras culturas y la barbarie contra los indefensos. Un ejemplo: acaba de descubrirse en Francia a un individuo que llevaba catorce años reteniendo encerradas entre las cuatro paredes de su casa a la esposa y a cuatro niñas, sus hijas. En el nombre de la pureza religiosa, este individuo ni se molestaba en dar de alta a sus hijas, analfabetas y sin ningún contacto con el exterior. Pero, y ésta es la paradoja de la transigencia mal entendida, el tipo aceptaba todas las ayudas estatales, incluidas las otorgadas en concepto de familia numerosa o gastos escolares. ¿Una bicoca! Este hábil conciliador de su propia religión y las subvenciones del diablo occidental lograba vivir sin dar golpe mientras la esposa y las hijas ejercían de esclavas a su servicio.
¿Respetable? ¿Tolerantes con su manera de entender la religión? Pues no: el individuo, purista hasta la náusea y la esclavitud, emigra a Occidente, a una cultura que desprecia y rechaza, se beneficia de la parte rentable para vivir como un maharajá y, en nombre de sus ideas, encarcela a cinco mujeres indefensas, cuatro de ellas menores. ¿Se puede permitir semejante barbarie? Jamás, en nombre de ninguna tolerancia se puede permitir ir contra unas leyes que costó siglos y mucha sangre y dolor conquistar.
Si somos tolerantes con actitudes como la del individuo que despreciaba al mismo Occidente que pagaba su relajada vida a costa de sus hijas, podría la tolerancia hacerse extensible a estos asesinos que gotean como una pesadilla en este mismo Occidente: puede el asesino alegar que su religión le dicta tratar a la mujer como a un objeto de su propiedad y por tanto le autoriza a quitarle la vida cuando se le cruce el cable o el objeto en litigio, o sea ella, le cuestione la supremacía.
Hemos aprendido a ser intolerantes, y ha costado años, con los asesinos de sus esposas y amantes. Hemos perdido el pánico a entrar en el recinto privado del vecino si éste maltrata a la parienta. Hemos de perder también el miedo a confundir el respeto a la diferencia con el respeto de las leyes.
Cuando en Occidente lleguemos a la tolerancia cero con respecto a los abusos a niños y mujeres, tal vez las mujeres del mundo encuentren en Occidente el paraíso a donde escapar de la barbarie que las convierte en mulas de carga silenciosas a los pies de los varones de sus familias.