«A la instalación de Richard Serra en el Guggenheim Bilbao no se le ha dado el valor que realmente tiene, cuando es una obra extraordinaria, fruto de la acción más importante acometida por un museo de arte contemporáneo desde que existen. Ni el MoMA, ni el Pompidou... Una sala como la de Serra justifica históricamente a un museo como éste; incluso más que su espectacular arquitectura», sostiene el catedrático de Historia del Arte de la Universidad Complutense, de Madrid, Francisco Calvo Serraller.
El especialista abría ayer en el Museo de Bellas Artes de Bilbao un nuevo ciclo de las conferencias que organiza la Fundación de Amigos del Museo del Prado, esta vez sobre El Bosco y la tradición pictórica de lo fantástico en el museo nacional; un pintor que «sigue siendo un misterio», como lo son «todos los que manejan lo simbólico para referirse al mundo que vemos».
La intención moralizante del pintor flamenco del XV-XVI está clara en una obra como 'El jardín de las delicias', del Prado: «Es un tríptico y sólo el panel central muestra un extraño paraíso con la gente entregada a sus instintos. A un lado tiene la creación del hombre y al otro, el infierno, en una alegoría de la existencia bastante pesimista».
Calvo Serraller remite la pervivencia de lo fantastico en el arte contemporáneo al surrealismo y también al público, que «desde siempre siente un gran interés por lo fantástico», de ahí lo popular que es El Bosco, «uno de los preferidos de la gente que visita el Prado, el museo que le tiene mejor representado; quizá guarde el 50% de su producción conocida».
De una obra como 'Fanal (El jardín de las delicias)', de Juan Luis Moraza, el conjunto de farolas instalado a un costado del museo, comenta que «es una aproximación a El Bosco acertada por parte del artista: una expresión magnífica de las fantasías y los deseos en un paraíso urbano; irónica y a su manera moralista también».
Estudio de los géneros
El catedrático acaba de publicar 'Los géneros de la pintura' (Taurus) en el que constata cómo el arte sigue manejándose con los históricos modelos expresivos, «aunque los utiliza revolucionados y hasta cambia su jerárquía».
Del desnudo, considera que hoy se usa más bien como «un objeto de deseo, algo carnal y desordenado, frente a la visión estética y matemática del arte clásico».
«El arte se ha hecho público porque se ha hecho para el público», dice además de la masificación de los museos, algo que se mantiene con «muestras espectaculares que se hacen a veces a tontas y a locas o por cerrar los balances con buenos resultados; debe buscarse el equilibrio».